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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Paula y el dulce despertar

Imagen encontrada en la red.

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                Las siestas de Paula eran poesía. Paula era poesía siempre.

                Aquella tarde de otoño disfrazado de verano, mientras leía,  tirado en mi esquina favorita, como un perro coherente y fiel a su condición, alcanzado por la luz que llegaba de las ventanas traseras… mientras leía y me dejaba cautivar por  la magia de un tal Bach, como ruido de fondo… mientras eso, todo eso hacía, Paula era un puñado de versos  sobre la cama que,  casi siempre,  era propiedad compartida  y que esta vez envolvía aquella piel recorrida, con un desorden de sábanas y antojos del sol  que se colaba entre las ranuras  de las viejas contras de  las igualmente viejas ventanas.

                Dormía y hubiera jurado que soñaba … soñaba con el amor hecho o haciéndose.

                Había abandonado mi rincón dos o tres veces para mirarla dormir, para volver loco de deseo y atiborrado de razones para asaltar aquellos sueños suyos y traérmela a las horas ruidosas de la esfera cautivadora del reloj. Desistí, muy a mi pesar,  una y mas veces porque sabía bien que tras la siesta,  aquella piel acariciada por la parsimonia de la tarde,  iba a terminar confundiéndose con la mía… Y es que Paula dormía libre y sincera, con la piel al aire.

                Bach,  muy suave, incapaz de contener el ruido de mi corazón y ella que soñaba y soñaba con que las manos con las que se acariciaba eran seguramente  las mías,  inútiles para sostener aquel libro al que había dejado de prestar atención. Cerré los ojos e imaginé que dormía a su lado, que me la metía dentro por la nariz, respirándola como esencia pura, que me la comía a lametones con la locura del mas hambriento de los náufragos… cerré los ojos y me la imaginé conquistada, penetrada por mil frases cantadas al oído y alguna que otra melodía  de otro mundo posible. Cerré los ojos y me levanté sin poder mas, sin mas poder para resistir la tentación que olía a la magia del blanco y negro y,  al tiempo,  al mas franco de cuantos arcoíris podría imaginar. No sé o si sé como llegué a nuestra habitación,  que solo olía a ella,  pero si sé y no sé de dónde me arranqué el valor para mirar lo que no podía tocar.

                Paula,  con la mirada oculta,  acariciaba,  con intensa lentitud,  el camino suave entre el cuello y el pico mas alto de sus senos, giraba y giraba para volver a subir. Un rayo de luz rozaba aquellos,  labios, suyos,  salados, húmedos, concisos y abiertos al calor ajeno. Pronto una mano y luego los dedos codiciosos se posaron,  como alas  de mariposa,  sobre la piel ardiente de un sexo desnudo a la luz de la tarde…

                La vi morir y resucitar entre olas de placer, susurrar y gritar entre silencios ocupados por las melodías que venían de mi esquina… la vi, la vi sin parar; sin saber como parar… la vi otra vez, una vez mas, como si fuera la primera y con miedo  a que se tratara de la última. La vi,  sin valor para meterme en ella, con miedo de perderla mas…la vi, la vi sin que estuviera,  porque un día dejó de estar aquí para estar en algún otro lugar. Está, a pesar de todo, está porque está su olor, su desorden, su memoria que es mía, su ventana, que repite algunas veces en los últimos días de otoño,  aquel mágico juego de luces entre las que sé que la amé y no se bien si me amó. Está el deseo vivo y la voz partida donde algunas frases son mías y unas pocas de ella.

                Paula, era poesía, un puñado insólito de versos fugaces capaz  de incendiar las tardes de siesta.

                Ahora que Paula no está, porque decidió ser poesía en algún otro lugar, reescribo una historia que nos encontró con ganas de no despertar de un sueño compartido… pero despertamos y nos dejamos arrancar el vicio de la piel con ganas de otra piel tras la siesta.

                Las siestas con Paula fueron poesía. Paula será poesía siempre.

               José A. Fernández Díaz.     

 

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J
Estàs como una puta cabra,pero escribes de maravilla .Me gustaría echar una siesta con Paula,debe ser una gozada.
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