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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Los nombres de las cosas y las cosas que no necesitan nombre.

Los nombres de las cosas y las cosas que no necesitan nombre.
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                No se cuánto podía molestar mi amor siempre inconforme y generoso, preparado  a la desesperanza y al desconsuelo. Sabía que casi nunca estaba para mí y los deseos que llevaban su nombre porque ella era una perversión previsible no disponible o fuera de cobertura,  como mi inútil manera de soñar la vida, desnudándome de desde el interior de mi estupidez hacia el exterior de la más grande de las ignorancias de las que podía presumir…

                Romántico hasta el límite de  cinturas, escotes o labios prestos al zarpazo furioso ,  soñador hasta la orilla de pieles cálidas y conquistables con poco más … farsante hasta el origen de un trastorno descatalogado o por inventar, me paseaba por las calles de una pequeña ciudad  inventada y  habitada por lectores consumados, cansados, consumidos, por historias para envidiar y poco mas… solo, sólo para encontrarme con las fronteras inviolables de aquella mujer que una vez se dejó molestar por el estúpido que soy.

                Para cuando volvimos a encontrarnos,  ella sin querer y yo queriendo hasta las trancas, un nuevo año había robado ya alguna que otra hora al mes de enero… enero con prisas y nosotros dos sin demasiado interés por abandonar la piel marchita del año consumido, ocupados tal vez en mirar el fondo de la copa sin fondo de las esperanzas perdidas. Nos vimos, sin llegar a encontrarnos, la última vez, en una de las muchas concentraciones de rabia y desazón, destinadas a llenar la prensa conquistada por el poder,  bajo curiosas versiones capaces de revertir la realidad a favor del causante de los males y en contra de aquellos otros que son/mos los de siempre… Tu bajo aquella bandera inventada por ti, para todas las ocasiones, que dejó marcas de pintura, sobre el suelo de vieja madera de mi sala y yo entre camaradas, fichados como incómodos bípedos, dotados de ideas peligrosamente revolucionarias…  Esta vez ibas sin bandera y sola, como yo,  que iba sin ti pero contigo al borde de la memoria, a punto de rozarme las comisuras de la locura… Y nos encontramos sin que nada estuviera previsto con la salvedad del año nuevo. Cruzamos miradas sin palabras y luego palabras mirando al fondo de lo que nos separo… ella no me miraba mientras decía cualquier cosa y yo ciego de palabras miraba sin saber articular pensamientos como buen culpable de aquel súbito-previsible-merecido final.

-¿Follamos?, es uno de enero…

Incapaz de olvidar cual había sido la causa de nuestro último final como pareja e incapaz, al tiempo, de impedirme volver a perderla por ser fiel a mis maneras y a la farsa que ella odiaba,  no pude evitar contestar juntando tres palabras que inmediatamente me sonaron a estúpida obsesión…

-Hagamos el amor…

-Lo ves, seguimos queriendo cosas distintas…

José A. Fernández Díaz.     

 

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