Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Se encontraron una mañana de clase. Uno, José, leía con pasión la interpretación que había hecho tras la lectura de Doña Bárbara. Otro, Carlos H.L., miraba y escuchaba con atención a su alumno. Al otro lado de la ventana discurría un día maravilloso encerrado entre los tres largos edificios que ocultaban un deseado patio. José tenía probablemente dieciséis o diecisiete años y Carlos rondaba los cincuenta. Ambos estaban atrapados por las historias inventadas con las que se iban llenando bibliotecas y también por las ideas que otros intentaban compartir a golpe de páginas como gritos desesperados.
Aquella mañana el uno y el otro, atrapados entre las paredes de un colegio privado y católico, encontraron que algunas veces las emociones nacen de la nada, entre rocas, silencios o ruidos furiosos. Cuando José terminó de leer miró a Carlos buscando una opinión, igual o peor a las que había ofrecido al resto de los compañeros. Se encontró con un “gracias” a media voz, roto, inquieto, insuficiente… extraño. La mirada de Carlos estaba ocupada por cierto brillo que José no supo interpretar. Solo “gracias”… nada mas.
Carlos era un hombre peculiar. Los libros con los que llegaba a clase parecían haber sobrevivido a mil batallas igual que la piel de su rostro. Amaba su profesión, amaba la literatura hasta convertir la enseñanza en una prueba de valor. Contaba las historias que llenaban los libros como si hubieran sido parte de su vida, como si hubiera estado en cada rincón o hubiera sido parte de cada una de las peripecias o desventuras. Tenía el aspecto simple y al tiempo complejo del intelectual que se ha olvidado de vivir en sociedad. Gafas de pasta gruesas y anacrónicas siempre, una camisa arrugada y abandonada a la suerte de contener una barriga algunas veces a la vista y los zapatos fiel reflejo de preocupaciones mejores que el contacto con el barro o el polvo…
José no era mas que un buen compañero de todos los habitantes de aquel colegio. Había hecho de su vida breve un acto de respeto a las decisiones de sus padres. Agradecido, había aceptado que su padre, obrero, y su madre, costurera, hubieran decidido que querían dar a su hijo herramientas para construirse una vida a la medida de sus sueños. Pensaban que aquel lugar, aquel colegio era la mejor manera. Era un lector empedernido, amante de la música y enamoradizo hasta la sinrazón.
Llegó el momento en que tendrían que encontrase otra vez. Se encontraron porque Carlos lo buscó. En un receso se acercó a los compañeros de clase y preguntó por José. Una alumna explicó que muchas veces lo encontraba en la última planta, junto a la capilla, leyendo. Allí se fue Carlos y allí lo encontró, concentrado en la lectura de un pequeño volumen forrado con papel de periódico…
Se miraron y fue Carlos quien rompió el silencio recordando en voz alta como en sus tiempos forraba los libros con papel para que nadie supiera lo que estaba leyendo. José lo miró con el gesto perplejo de quien ha sido descubierto. Se apuró a explicar que no se trataba de un libro pornográfico o algo así… Carlos se echó a reír y clavando la mirada en su mirada repitió: “gracias”…
-Lo pasamos mal en este lugar. No se parece a lo que queremos y por eso intentamos huir a través de los barrotes de esa imagen que nos regalan los libros, un poquito cada vez que tenemos oportunidad. Hace una semana me hiciste llorar. Me acordé de mi hace tantos años que ya no sé poner fecha sin miedo a mentir. Sabía que tarde o temprano iba a suceder, sabía que en algún lugar del espejo tenía que encontrar mi reflejo. He visto el germen de las ideas que me mueven en los tres folios que escribiste hace algunos días. Se a dónde vas a llegar, conozco bien el lugar al que te llevan esas ideas, esa manera de pensar y yo quiero ir contigo; deseo volver a caminar ese camino que ya conozco. No tengas miedo. Casi puedo decir de que trata el libro que lees. Estoy seguro que cada uno de esos libros harán mas insoportable este lugar. Yo huí del país donde nací porque allí el poder es de un hombre solo y ese hombre decide que ideas valen y que ideas son desechables y quien muere si insiste en hacerlas valer… Aquí soy un profesor, un simple profesor que explica sus sueños entre las paredes de una jaula a medida pero con barrotes anchos que dejan ver la libertad. Tu también estas atrapado temporalmente. Esos libros alimentan tus alas.
Sonó la campana del cambio de hora justo cuando Carlos volvía a mirar en silencio. Bajaron juntos al aula. En el interior esperaban casi todos los compañeros. José ocupó su lugar mientras Carlos se preparaba a pasar lista…
Cuando Carlos leyó Carlos H.L. para sorpresa de toda la clase, José respondió “presente”.
José A. Fernández Díaz.