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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Palabras como frágiles pompas de jabón

                Locuras aparte, aquella extraña sensación que nos recorría un poco a uno y otro poco a la otra o a los dos al mismo tiempo, tenía que tener  un nombre…

                Ella me conoció haciendo lo mejor que aquel amigo mío, ciego de alcohol, me había enseñado. Yo dormía bajo las estrellas, derrumbado  sobre la hierba mas bien escasa de un jardín público. Dormía con un sueño leve y sutil, preparado  para atrapar pesadillas  con los ojos mas o menos abiertos. Me despertó cuando puso en marcha el mecanismo de apertura de un viejo libro de poemas  destinados a ser leídos única y exclusivamente bajo la luz monótona de alguna farola. Despierto y sin otra cosa mejor que hacer  leí de sus labios los versos que caían como las hojas  en otoño y llegado a cierto punto me descubrí recitando en voz alta, junto a ella y sus gestos oportunos, las últimas palabras de uno de los versos que marcó el punto de no retorno entre la  vida y el paisaje de mis noches sin paredes…

                La mirada perpleja de aquella mujer enamoró mis nostalgias y atrapó al vuelo una remesa de suspiros sin destino cierto. Me atreví a hablar porque apenas tenía lugar para contener cierta náusea de palabras por decir y que necesariamente estaban destinadas a  abandonar el contenedor excitado en el que me había convertido a golpe de miradas envenenadas… Me oí rematar la disolución de mi propio yo en temerosas explicaciones breves y concisas con un rotundo “te quiero”… Un “te quiero” para poner punto y final a una súbita huida a través de la salida de emergencia mas próxima.

                Ella, sin palabras, Ilustraba con  gestos agotados no sé si su desazón, perplejidad o miedo, pero lo cierto es que no se movía; miraba a mis ojos como si fueran respuestas. No era miedo lo que vi en sus manos cuando me ofreció el libro, era mas bien deseo… ¿deseo?, deseo  de ese que alcanza a las pieles de seres estabilizados y con tiempo  para no pensar en otras cosas. Me dijo “lee, por favor” y, aunque tomé el libro de entre sus manos, no sin aprovechar para rozar  aquella piel prohibida, no leí; no leí porque cada palabra estaba alojada en mi memoria. Recité entre algún que otro ataque de tos lo poco o mucho que quedaba por recorrer de aquellas páginas sangradas por el alma de un poeta torturado que fuera el amigo de mis mejores  años.

                Mirábamos al cielo abierto y derrumbado sobre el sinfín de miserias que reflejaba la gran ciudad. Yo recitaba y ella escuchaba como si lo hiciéramos delante de un espejo, mirando al mismo lugar donde los límites eran algo así como una palabra inútil o a destiempo. Al terminar me encontré con mis manos descuidadas y  temblorosas que pretendían devolver el volumen a aquella mujer. Ella seguía mirando al cielo mientras terminaba de repetir los últimos versos… ¿por qué? - dejó caer como si fuera parte de algún renglón cautivo-.

                -Simplemente porque has sido siempre la dueña de mis huidas. Abandoné el mundo que compartíamos para no tener que ver como te perdía un poco cada día. Se que nunca me esforcé en explicar hasta donde llegaban mis límites y todo porque había otro que si lo sabía y que además se había llamado en algún tiempo “amigo mío”… Cuando por ventura dejó de serlo ya eras solo mía en la memoria y suya en cuerpo y alma. Me vine a vivir entre los que lo han perdido todo tan solo con la esperanza de perderme para siempre y no volver a encontrarme jamás. Cometí el error de memorizar todos y cada uno de los versos de un libro que no supe escribir para nadie que no fueras tu. No se si te han traído mis poemas o el falaz destino pero estas aquí, de visita en el lugar donde me escondo de ti… Solo espero que tu seas capaz de poner nombre a estas ganas de tenerte para siempre o bien desaparecer de una vez por todas. Ya no se por donde debo huir … tal vez el infierno. En algún lugar debe estar la entrada.

                - Eso que sientes, esto que sentimos solo puede tener un nombre pero yo no tengo tiempo para recordarlo. De camino aquí me he ido dejando palabras innecesarias. Siempre podemos inventarnos un nombre nuevo y llenarlo de gestos.

                José A. Fernández Díaz         

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