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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Angel Caído

Ella me dijo que los ángeles vuelan bajo. Me dijo que aletean suavemente sobre los sueños de los que  despiertos miran  como sale el sol. Me contó que soñaba con rozar la piel de uno con alguna de sus alas…

                Y todo mientras poco a poco, copa a copa,  consumíamos  una  botella de dulce vino de porto. Yo pensaba, mientras ella divagaba, que nunca antes había compartido mis temores  con un ángel. No sabía que los ángeles pudieran tolerar el alcohol y mucho menos la conversación algo traumática e inestable de un insensato como yo.

                Me encontré con ella,  sentada en un banco pintado de lila,  en medio de un parque rodeado de árboles y bajo una lluvia tan insistente que había empapado sus alas hasta impedir que pudiera volar. Me miraba con cierto temor mientras me acercaba. Saludé y la invité a tomar algo. La medianoche había conquistado la pequeña ciudad. Ella se levantó con cierta dificultad y tuve que ayudarle  a sacudir la lluvia de las alas para que pudiéramos emprender el camino con dirección a un viejo a café bar muy cerca del puerto…  

                Estaba muy lejos del cielo, muy lejos pero no me atreví a preguntarle. Ella muy lejos del cielo y yo fuera del infierno,  bonita pareja de fugitivos empapados. Nos fuimos a un espacio neutral donde casi nadie sabe casi nada de las cosas que apenas importan mas bien poco.

                Me gustó la luz insignificante de aquel lugar y mas aún la tranquilidad con la que una camarera con pocas ganas de conversación y mucho camino de regreso,  asumió que los nuevos clientes, éramos un par de curiosos ejemplares de especies en peligro de extinción. Me sorprendió como se colocaba en la silla sin apenas herir sus alas y se animaba a pedir un grato vino portugués. Acompañé su acertada elección. Pedimos una botella.

                La miré a los ojos y comenzamos a hablar. Ella venía de salvar una vida. Había convencido a un suicida de que valía la pena seguir buscando la felicidad aún en medio de la oscuridad mas rotunda y densa. Se trataba, me contó, de un hombre que había amado hasta la locura a una mujer que había defraudado su confianza. Que aquella mujer a la que había dedicado todo cuanto era,  había decidido amar a otro. Aquel otro por el que había decidido abandonarlo, era  nada menos y nada mas que su amante de siempre; al que llevaba siendo fiel tantos años como el matrimonio que la unía con su marido… Ahora la necesita mas que nunca pues un accidente había hecho de su amante un minusválido…

                Cuando terminó de contar su historia  decidí guardarme la mía e inventarme otra. Creo que debí haber sido mas contundente con aquel individuo. Era malo y duro…duro como una piedra.

                José A. Fernández  Díaz.    

 

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