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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Recordar el futuro

Recordar el futuro
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De la locura aquella quedaban dos o tres malos recuerdos,  alojados entre las paredes silenciosas, hartas de contener el ruido de las noches largas y las ideas a veces airadas y también peligrosas de los que, sin querer dejarse  dormir, aspiraban a ser alcanzados por madrugadas lentas e incuestionables como algunas digestiones.  Pero aquellos malos recuerdos,  sin ser otra cosa que ásperas pesadillas, tenían la desagradable virtud de la insistencia y el carácter de indelebles que nunca faltan en las tintas con las que están  escritos los renglones, estrictamente miserables,  de algunos diarios envenenados.

                Para huir de aquellas miserias se habían inventado un extraño método destinado a recordar el futuro o aquel lugar donde, aparentemente, nadie ha estado y que sin embargo goza de numerosas descripciones convertidas en libros o películas. Para revolver en la memoria y atraer cosas del futuro cerraban los ojos, miraban a las nubes interiores y viajaban entre cielos colmados de pistas sin asfaltar. De camino a la memoria futura llevaban el inútil equipaje de pasado y presente, incapaz de explicar el por que de lo que iba a suceder. Los giros o bucles entre el ahora y el después eran tan súbitos, tan vertiginosos que resultaba impensable el recurso a la causa-efecto.

                Los nortes perdidos, las ideas violadas por norma y sin medida, el derribo de éticas y morales como si fueran castillos de naipes, la mentira institucionalizada y otras obras de la vergonzante autodestrucción, habían sido normalizadas hasta ser justificadas por todos menos los viajeros del pasado inconsecuente.  

                Los llegados del pasado, con provisiones caducas e irrelevantes, innecesarias y estrepitosamente anacrónicas, eran mirados como viajeros con ganas de pasear  por la realidad mas cruda,  con  sus mentiras de manufactura peligrosamente revolucionaria.

                Recordando el futuro habían terminado por comprender que el pasado, con todos sus límites robados y el presente con sus indecentes exageraciones, estaban mejor tal vez, que aquellos espacios  colonizados por el llegar a ser.   

                Para recordar el futuro, sumían el  presente en una inestable pesadilla y se revolcaban en el éter insostenible de lo que necesariamente podría llegar a no ser o bien podría no llegar a ser… Soñaban en medio de aquella locura premeditada, soñaban para huir como locos sin mirar atrás o a los lados.

                Soñaban con recordar el futuro para olvidar el pasado.

                José A. Fernández Díaz.    

 

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