Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Se rozaron en el autobús aquella vez en que una poderosa tormenta se descargaba sin compasión sobre los habitantes de la esquina verde. Se rozaron otra vez al bajar en la parada donde coincidían y volvieron a hacerlo una mañana clara al subir, de camino a lugares sin importancia. Se rozaron un buen puñado de veces hasta que sus pieles llegaron a conocerse por el perfume que se iban dejando abandonado la una sobre la otra.
Una mañana, conquistada por los ruidos del verano, se encontraron en la distancia y caminaron mirándose sin decir palabra hasta que el roce se convirtió en abrazo y el abrazo en deseo y el deseo en ganas de huir juntos al rincón más neutral de uno de esos universos paralelos de los que hablan los soñadores. Terminaron por hacerlo… huyeron en silencio rozándose a cada paso, desgastando la distancia hasta ser una sola piel. Huyeron sin saber a donde ir pero se fueron… juntos, se fueron… rozándose se fueron buscando un lugar para dejar de desearse, apagando fuegos y encendiendo esperanzas.
Encontraron por fin un lugar, que curioso, en los últimos asientos del último autobús, esos donde nunca quisieron sentarse porque no estaban hechos para los roces casuales.
José A. Fernández Díaz.