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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Silencio imperfecto

 

                 Silencio.jpgSin saber cómo o por qué comenzó a habitar entre ellos y en la atmósfera de de su casa una curiosa ausencia de diálogo, un silencio incompleto pero perceptible.  Terminaron por reconocerse capaces de encontrar  ruidos que  parecían nuevos inmensos en ausencia de voces.

                 La nevera tenía vida pues de vez en cuando iniciaba una marcha casi imperceptible y algún ruido casi gástrico. Los relojes eléctricos cada uno a su ritmo y sin embargo marcando la misma hora dándose vida entre uno y otro tic tac. El agua saliendo por los grifos o el tintineo de los  vasos en la cocina. El gas de algún refresco justo cuando se gira el tapón o la acción de abrir una lata… los pasos sobre el suelo frío de la casa o un paquete de galletas. El impacto carnal del discurrir del cuchillo sobre la piel de una manzana  o un vaporizador que es ruido y también fragancia … una mosca o el viento en las ventanas… la ducha…

                La ducha… y la imaginación ciega de pasión…

                El deambulaba entre las paredes colonizadas por ruidos  confundidos con las ruinas de las últimas palabras que no supieron aprovechar. Ella ensordecida bajo la catarata de agua caliente se entretenía no pensando con los ojos cerrados.  Cada uno a lo suyo porque el carácter común de la convivencia se había  hecho ausencia tangible y contundente. Solo tenían en común el  calor y el color del espacio donde habitaban y el pasado. El presente se había convertido en una historia individual sin apenas roces o sin roces.

                Ella salió de la ducha y descubrió que había olvidado la toalla. Aprovechó  la ropa que se había quitado para secarse los pies y,  abandonando el baño, salió a la habitación. La piel húmeda llamó la atención de quien en aquel momento buscaba una camisa en el armario. Se miraron en silencio y en silencio decidieron reconocerse como algo mas que silenciosos habitantes. El se despojó de la ropa que cubría su cuerpo y se abrazaron en silencio… hubo ruidos, jadeos y quejidos… algún grito contenido y la respiración loca, a reventar…

                Solo cuando el dijo “te quiero”, desaparecieron los otros ruidos. Volvieron a ser dueños del silencio perdido.

                José A. Fernández  Díaz    

 

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