Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Un buen día me pondré a enumerar uno a uno mis sueños como si fueran billetes de tren para viajes futuros. Los pondré sobre la mesa por orden de tamaño y, en consecuencia, por orden de desaparición. Un buen día, que será un día cualquiera, terminaré por cerrar los ojos con lujuria y mirar el camino recorrido, para concluir que tampoco está mal improvisar, disfrutar del momento y dejar para mañana lo que puedes hacer otro día…
Un buen día miraré a los ojos de mi hija para buscarme…
Un buen día probablemente termine recuperando la razón que casi nunca tuve y, entonces, pueda presumir de madurez ganada a golpe de victorias fugaces. Que chorrada mas grande.
Un buen día dejaré de vivir a base de recuerdos y me forjaré un futuro; que nunca es tarde para comenzar algo nuevo.
Un buen día miraré a los ojos de mi hijo para buscarme…
Un buen día volveré a amar con la pasión intacta, como si la carne de la mujer que quiero fuera la primera y la única de toda mi vida.
Un buen día pueden ser todos los días.
Un buen día quizá vuelva a rezar, a inventarme un dios particular al que contarle el tamaño de mis sueños para terminar descubriendo que este también sabrá ignorarme.
Un buen día cambiaré mis ideas políticas por piruletas de colores, menos pegajosas y efímeras.
Un buen día me echaré a la cara la puesta de sol mas hermosa y después descansaré sobre la arena tibia hasta que me despierten las olas traviesas.
Un buen día aprenderé a nadar para perseguir sirenas y cantarles al oído canciones de protesta.
Un buen día puede ser mañana…
José Angel Fernández Díaz.