Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Sol tiene la mirada pícara y brillante, está construida con piezas blanditas y mucho amor. De mayor va a seguir siendo sol y seguramente terminará por mirar con nostalgia aquella manera entrañable con que su madre repite un puñado de veces al día su nombre para recordarle, sin decir palabra, que se preocupa por ella hasta el insomnio…
Sol no sabe que su nombre suena a verano, a playa, a sueños mágicos y que si se llama así es porque no podía ser de otra manera.
Sol juega a crecer entre nubes grises, días lluviosos y vientos fríos… también entre cielos inmensamente azules y mares a juego.
Sol conjuga el verbo amar empleando los nombres de sus miradas preferidas y sin que nadie pueda imaginarlo colecciona suspiros con sabor a fresa.
Sol es un ángel que revolotea entre las flores que nacen como disparates entre las hierbas frescas del jardín por donde pasean sus perros.
Sol mira con el corazón, pero como apenas sabe explicar donde está exactamente, cree que ese latido es el compás de una canción de moda.
Sol no es hoy mas que unos pocos años echados a volar y mañana no será menos que la furiosa luz de un hermoso e inolvidable atardecer.
José Angel Fernández Díaz