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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Aquel amanecer en Braga

 

                 amanecer-en-braga-firmada.jpgCasi nos había alcanzado la noche cuando, tras conducir por una carretera empinada, estrecha y sinuosa entre hermosos montes, conseguimos llegar a nuestro destino. Se trataba de un viejo hotel que ocupaba las instalaciones de un antiguo monasterio.  Cuando llegamos encontramos que el hotel estaba ruidosamente desdibujado entre puestos de comida y  otros muchos artículos, hileras de luces de colores colgadas entre árboles y farolas. Música tradicional portuguesa y viejos temas en español sonaban  a duras y parecían rebotar entre todas las cosas que ocupaban el lugar. Entramos en el hotel y nos encontramos con un inmenso y sobrio vestíbulo de piedra donde se exponían objetos propios de cualquier iglesia. La atmósfera era grata e incómoda al mismo tiempo. Nos registramos y subimos a nuestra habitación. Allí  descubrimos  que el tiempo de alguna manera había quedado atrapado entre los años sesenta y setenta. Confieso que no me disgustó aquel viaje al pasado,  pero la buena de Marta  se sintió algo incómoda e intimidada. Nos duchamos y, puesto que había fiesta, decidimos cenar  cualquier cosa.

                Salimos del hotel y paseamos entre las pequeñas carpas que parecían alojar fiestas privadas. Ya no había música. Decidimos seguir un camino de tierra que se perdía entre árboles, pobremente  iluminado por algunas luces de la fiesta. Llegamos al pie de una iglesia de arquitectura rebuscada. La puerta estaba abierta y al fondo se podía ver el altar muy adornado. Volvimos sobre nuestros pasos y en un puesto de hamburguesas pedimos dos “cachorros” y dos cervezas que pronto se convirtieron en cuatro. La noche era tibia y triste. Aquella gente con la que compartíamos el lugar  y que ocupaban algunas mesas próximas parecían estar poseídos por una profunda melancolía. Terminamos con cierta dificultad  nuestros “cachorros” o perritos cuyo desagradable sabor esperamos no volver a encontrar jamás y tras pagar caminamos tranquilamente hasta el hotel. Creo que aquella extraña sensación de tristeza nos contagió. Acostumbrados a la alegría de las fiestas populares gallegas, aquella versión silente y pacífica, terriblemente gris  e incomprensible de una fiesta nos resultó desconcertante. Llegamos a la habitación y cansados por el viaje nos metimos en cama.

                Me costó conciliar el sueño, tanto que me dediqué a imaginar a que eran debidos los muchos sutiles ruidos que llegaban a nuestra habitación. Dormí, sin embargo, y dormí bien…

                Me desperté pronto y me costó convencerme de que lo había hecho  en realidad. Miré a Marta que dormía profundamente y me levanté atraído por una hermosa cantata acompañada por un simple órgano, que se colaba por la única ventana de la habitación. Cuando llegué a la ventana corrí las cortinas y descubrí un cielo gris plomizo, bien distinto al que adornaba el día anterior,  una tupida vegetación que  marcaba colinas conquistadas por  árboles de porte sano y esplendido. Las golondrinas jugaban entre ellas y hasta parecía que  dibujar en el cielo la partitura de la hermosa música que salía de una de las dos iglesias que el hotel tenía a los lados. Abrí la ventana y como si se tratara de un suspiro incontenible, entró hasta poseerme un espíritu de paz y alegría inexplicables. Las voces que ilustraban las cantatas revoloteaban entre las hojas de los árboles, el órgano se imponía algunas veces y otras cedía generosamente y el aire era fresco y cargado del perfume de la tierra alcanzada  por la lluvia leve y sinuosa, casi imperceptible,  que poco a poco ocupaba  parte de la escena. Una brisa suave traía el aroma del incienso y acercaba las voces mágicas que nacían en algún lugar de la iglesia…

                Respiré hondo, como queriendo guardar para siempre aquella marea de sensaciones, saqué la mano por la ventana y dejé que la llovizna la mojara, refresqué la mirada que apenas podía creerse nada y miré a mi compañera que aún dormía… Es posible que yo también estuviera soñando porque aquello se me antojó muy próximo a la felicidad.

                Algún tiempo después bajamos a desayunar y aunque no suelo hacerlo, está vez me sentí atraído por la  belleza de aquel lugar. El comedor tenía el aspecto de los que he visto en algunas películas, “muerte en Venecia”, por ejemplo y aquel cielo plomizo me recordó algún que otro momento de esa película inolvidable. Disfruté de mi café como si nunca antes hubiera tomado uno y me encantó ver como los habitantes del hotel, de distintas nacionalidades y condición, aparecían y desaparecían sin prisas o con ellas, con sus circunstancias a cuestas… Fuera la niebla se había hecho lluvia suave que apenas dejaba imaginar hasta donde llegaban los límites de las cosas.

                Tras el desayuno Marta decidió aprovechar la piscina interior y yo salí a los jardines donde me encontré una vez más con las cantatas, el aire cargado de misticismo, las golondrinas revoloteando en el gris firme y conciso que se evaporaba entre los árboles, las campanas y la sutil y fresca llovizna que apenas me importaba…

Aquello tan simple era la felicidad…

José A. Fernández Díaz.

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