Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Puede que no me creas, seguramente no eres capaz, pero hace algunos años me inventé un lugar para huir de mi mismo. Allí hemos estado juntos mas de una vez y apenas te puedes imaginar que aspecto tiene.
Un día cualquiera, decidido a romper con aquellos que me habían engañado, descargué todas mis rabias sobre un inmenso papel en blanco, firmé y lo abandoné a su propia suerte en el registro de entrada del Ayuntamiento… Algún tiempo después descubrí que no estaba equivocado, que había conseguido ver mas allá de mi tontería. Al día siguiente, liberado de aquella tortuosa farsa, alcancé a tocar con la punta de los dedos algo de felicidad. Hacía frío y al tiempo un grato sol se desplomaba suavemente sobre las montañas hechas de árboles con historia anónima. Los pájaros se atrevían a hablarle a la mañana mientras yo solo era capaz de escuchar el rumor de mi pensamiento libre y el roce del suelo de mis zapatos sobre las piedras del camino.
Uno no siempre tiene una dirección cierta cuando decide el lugar a donde no quiere ir. Yo sabía eso, el lugar donde no me espera nadie que quisiera encontrar y también que me importaba bien poco no saber a dónde iba a llegar caminando de cara a otra luz.
No sé si me perdí o en realidad terminé por encontrarme donde nunca antes se me hubiera ocurrido buscar; se que de repente llegué al final de algo, miré al fondo azul y respiré hondo. Aprendí a ser parte de las olas, de las nubes, del viento con perfume a mar… de la soledad justa.
José A. Fernández Díaz