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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Eclipse

                Eclipse-firmada.jpgIntentando buscar la luz se encontraron con una noche súbita y también fugaz.

                Atadas las manos con los hilos de un sentimiento nuevo y  al mismo tiempo quizá tan viejo como la luz y la oscuridad, paseaban entre las ruinas de una ciudad inventada por los hombres,  para ser demolida a golpe de sinrazones e insensateces.

                Apenas ruido, apenas presencias, solo el crujido de algo que se rompe en las entrañas del tiempo, solo eso. Las calles desiertas y las sombras ajenas a la hora y al momento. Desde el interior de un bar vetusto y poco apetecible salía una de esas melodías que se hacen parte de nuestro disgusto a fuerza de ser escuchadas sin querer.

                -¿Bailamos? …

                -Estamos huyendo. Apenas tenemos tiempo para mirar a los lados.

                -Pero huimos de paseo…

                -Huimos, tonto, huimos.

                Y la melodía se escurría con pericia entre los bordes y las esquinas de la breve ciudad callada al tiempo que, en algún lugar entre el cielo y el infierno, dos amantes olvidadizos se hacían pedazos pensando que aquella podía ser, como siempre, la última vez. Llevaban atrapadas en sus memorias puñados de falsas últimas veces y eran inmensamente felices olvidando una y otra vez entre suspiros y gritos, besos dulces y salados, palabrejas y palabrotas. Entre unas cosas y las otras se buscaban en rincones pequeños y paraísos inexplorados sin mirar que por la ventana entraba el día que se iba haciendo viejo.

                A ellos, a los amantes llegó la melodía que ocupaba la calle y, poco a poco acoplaron el ritmo de aquella compleja tarea de perderse el uno en la otra, al compás de la música…

                -¿Bailamos?...

                Y bailaron, sobre el suelo de madera crujiente, muy cerca de la ventana para no perder ni una sola de las notas. Bajo la ventana pasaron aquellos dos que huían sin prisa, se detuvieron y ensayaron un beso largo e intenso que se convirtió luego en una mirada concisa y firme...

                Sin que importaran las razones el cielo comenzó a oscurecer, nacieron sombras y la temperatura de la realidad más próxima se desplomó unos pocos grados. Se hacía la noche, tan de repente que apenas tenía sentido el color de las cosas.

                Los unos al pie de la cama, abrazados, con la piel herida por el frío inesperado y furioso y los otros bajo la ventana, abrazados también, tras el último beso; temerosos de que se tratara del final del camino, decidieron celebrarlo con un beso más y ninguno menos, hasta dejar de sentir. Cerraron los ojos y se sintieron atrapados por una  oscuridad cada vez mayor hasta que el ladrido de los perros y el canto de los pájaros, acompañado de un placentero calor en  la piel, anunciaron la vuelta del sol.

                -Buenos días amor.

                -Buenos días.

José A. Fernández  Díaz.    

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