Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Te vi llegar. Me encontré con tu perfume vivo dibujando sueños en el aire y el reflejo del todo tú que amo, alargándose sobre el agua mansa del atardecer. Mirabas al suelo, traías un pensamiento contigo y una historia que contar. Imaginé tu mirada reflejando las últimas luces del día mientras, sentados sobre la arena, entreteníamos nuestras voces escuchando el mar en su ir y venir, en su arrullo armonioso y placentero… La vida justo alrededor y nosotros el centro de nuestro universo particular…
Te vi llegar. Venías a decirme adiós. En esa mirada que amaba habitaba una huida torpe pero decidida… Me encontré sin palabras, con el corazón latiendo para dos o tres cuerpos y la memoria rota, detenida, fusilada con verbos certeros… Me dejabas sin que hubiera razones que mereciera escuchar. Eras mi ayer autodestruido, mi hoy sin presente y mi mañana de mentira, y todo de repente; como si la prisa fuera parte imprescindible del guión. No supe entenderte, no pude entenderte, se me antojó desconocerte y comenzar a olvidar…
Te vi huir. Me encontré rescatando de entre los restos del naufragio trozos de palabras, expresiones nacidas para morir, abrazos perdidos, miradas desdibujadas, perfumes cautivos, besos guardados entre páginas como flores secas, sin perfume, sin vida…
Te vi llegar… te vi huir… sobre el agua mansa del atardecer.
José Angel Fernández Díaz.