Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Ocho en punto de la mañana, un nuevo día para consumir, con el prólogo de siempre, pulsar el interruptor del ordenador, esperar a que arranque y se carguen los programas, introducir la clave, mirar el correo e iniciar el intercambio de trabajo por dinero.
Esta vez, tras introducir mi clave de acceso, recibo un mensaje a través de un cuadro de diálogo: “Buenos días Angela”. Inmediatamente salgo (como haría cualquier informático), y vuelvo a entrar, introduzco la clave y esta vez leo, “no insistas Angela, todo está bien, sé quién eres, no tengas miedo”…
Cuando, perplejo, intentaba dilucidar que podía estar pasando, se acerca mi jefe que dice: “Angela, esta mañana necesito que te ocupes personalmente del asunto de la adquisición del nuevo coche”…
¿Cómo que Angela?-pensé-… soy Angel, José Angel, igual que ayer y anteayer… nada ha cambiado…¿o sí?...
La cosa ya me preocupó mucho, cuando los compañeros y compañeras me miraron especialmente mal, porque entré en el servicio de caballeros, como siempre. Volví al trabajo e intenté alejar mis pensamientos y dudas con el trabajo; pero, en el momento de escribir mi nombre en el pie de firma, salta un cuadro de diálogo que me corrige y sustituye José Angel por Angela, “debe escribir Angela esa es la opción correcta”… Por más que lo intenté el maldito cacharro no me dejó escribir José Angel…. Cansado y preocupado me fui a las tripas del sistema y le pregunté por escrito; ¿Qué está pasando?, (recordé Matrix), ¿Por qué insistes en cambiar mi nombre y sexo?... La respuesta a mis dos preguntas fue inmediata, para mi sorpresa. Contestó con otra pregunta: ¿Recuerdas esa conversación de ayer noche con tus amigos?... ¿Cuál?- pregunté-… “esa en la que decías que te encantaría ser mujer, que lo deseabas con toda tu alma”…. “pues, ha habido suerte, ahora eres mujer”… ¿Soy mujer?, pregunté- … “si eres mujer y el resto de tu vida sigue igual”…
¿Eso es posible?...
No hubo respuesta…
Volví a casa preocupado/a. Por fin encontré la llave en el maldito bolso y cuando conseguí abrir la puerta me encontré con, ¡ mi mujer! , en la cocina… Era rotundamente cierto, todo seguía igual… solo yo había cambiado.
José Angel Fernández Díaz