Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
En el exterior, tarde pero sin duda, impactaba con sus primeros pasos el cadencioso otoño. En el interior, parejas y grupos ocupaban un espacio acogedor e íntimo en el que, al amparo de una luz ni pobre ni excesiva, un mobiliario con tendencia retro y un acusado aroma a café, discurrían varias conversaciones a la vez, sin que en el resto del mundo nadie fuera capaz de notarlo… también tocaban fin algunas historias y nacían otras; todo ello cuando el reloj rozaba las diez de la noche de un viernes cualquiera.
Sucedía algo
curioso, no insólito, solo curioso, en dos de las mesas. En dos de aquellas mesas nada peculiares respecto a todas las que poblaban el agradable espacio, dos parejas, ella y el, se miraban, hablaban y miraban, disfrutaban de sus copas, del café y volvían a mirar. De tanto mirar, entre una y otra mesa se estableció una conexión ciertamente peculiar; un juego de gestos, con acercamientos huidas y fugas desde el contacto visual. Pronto hubo algo más y nada tuvo que ver el contenido de las copas. Aquello tenía su raíz en las profundidades, bajo la piel habitada.
Atravesaron con la mirada no ya el espacio que discurría entre el y ella como pareja, sino además el que mediaba entre esa mesa y la otra habitada por otro el y otra ella y también al revés… al revés también, porque las miradas iban y volvían cargadas de respuestas. Es posible que las respectivas parejas fueran conscientes de que algo sucedía, es posible y probable pero apenas hubo tiempo.
En aquellos dos cuerpos, con compañía, cierta ausencia con nombre desconocido llegó a convertirse rápidamente en algo insoportable. Tuvieron que inventar un idioma sin palabras para comunicarse, en la distancia y sin romper el silencio, confundido en el ruido de un buen número de conversaciones convencionales, las que mantenían con sus respectivas parejas incluidas…
Llegaron a un acuerdo, a la urgente necesidad de una primera furtiva cita; un encuentro con voz real, tacto, calor y olores para guardar. Se levantaron casi al mismo tiempo, dejando a sus parejas con la promesa de volver pronto… Cuando se encontraron frente a las puertas de los servicios miraron los ojos que miraban con la misma carga de sentimiento imparable y justo después también a la misma puerta, tras la que seguramente las manos suyas y los labios sin palabras se iban a encontrar para cargarse de caricias que acarician y besos que volverán mil veces a rozar la piel de la memoria… Una mano temblorosa abrió la puerta que llevaba escrito a la altura de los ojos el nombre con que la sociedad llama a quienes, poco antes, habían aprendido a amarse en la distancia a pesar de sus parejas: “Hombres”…
José Angel Fernández D.