Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Un día cualquiera con rematada injusticia, sin apenas ser consciente, la abandoné a su propia suerte, en algún lugar del desván de casa, en su caja, junto a muchas otras cajas colmadas de recuerdos que habían viajado desde el lugar donde algunos años atrás habíamos iniciado una nueva vida…
Me la pidió; yo le había hablado de ella… La busqué. Cuando abrí la caja y me la encontré de frente, sentí tristeza y vergüenza. No éramos los mismos de la última vez. Una cuerda rota, desdibujaba su hermosa figura… y el polvo robaba el color… no había sido justo.
La vio e inmediatamente la tomó con cariño entre las manos … me pidió un trapo, abrillantador de muebles, un alicate, aceite… y las cuerdas nuevas. Antes me miró a los ojos compartiendo conmigo una mezcla de tristeza y desazón. Comenzó por desmontar, una a una, con mucho cuidado las cuerdas que de vez en cuando dibujan en el interior de la caja, notas gastadas por el abandono… cada gesto, cada acción tenía el calor de una caricia sobre la piel de algo que yo había amado… No sentía celos, no, se trataba de algo que nos acercaba aún mas. Había decidido rescatar del silencio y del olvido la voz de mi guitarra… y con ello parte del espíritu que un día yo me dejara posado sobre algún lugar de mi pasado…
Creo que le hablé de mi guitarra una o dos veces, en medio de alguna conversación. Estoy seguro de que mis palabras no se las llevó el viento; hoy, mientras se ocupaba de aquel objeto amado, se me antojó recordar como fue la primera vez que hablamos… y también a donde hemos llegado. Algunas veces la amistad nace hecha, claro que es preciso descubrir donde están sus puntos débiles y hasta donde llega la fragilidad sobre la que se sostiene…pero tiene el calor del fuego desde el principio.
Una vez hubo terminado con la limpieza, comenzó a colocar con infinito cuidado las cuerdas; algún rayo del sol rebotaba en la superficie ahora brillante y se perdía entre las ramas de los árboles generosamente cubiertas por verdes mágicos. Cuando todas las cuerdas poblaron el mástil, comenzó a afinar y pronto florecieron las primeras notas de entre ensayos y juegos de los que solo son capaces los dedos y manos curtidos por la pasión.
Las notas se hicieron canción y mi hijo, que nunca había visto aquella guitarra, miraba a mi buen amigo como si se tratara de un mago, que se sacaba de aquel objeto melodías maravillosas…
Aquel gesto, aquella forma de decir: “ me importas”, fue parte de uno de los regalos mas hermosos que recuerdo haber recibido de entre las manos de un amigo…
José A. Fernández Díaz