Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Un día, Marta me explicó que sentía la necesidad de ser madre. La amaba, la amo y muy a pesar de cierto egoísmo, que hoy no soy capaz de entender, decidí ser padre, sin imaginar cuales iban a ser las consecuencias…
Aquella mañana, al volver del trabajo, antes de comer, me contó que estaba embarazada. Creo que no supe reaccionar… iba a ser padre; yo, padre. Yo que apenas había conseguido madurar lo suficiente como para ser independiente…padre. Así, con tanta facilidad. Estaba Marta y su instinto maternal para suplir toda la ignorancia de la que yo era capaz y más… No tardamos en saber que, no iba a ser Lucas, como deseaba Marta… esta vez no. Le tocó ser Andrea, una niña… un regalo para mi. ANDREA, mi hija. Me sentía madurar por momentos… mi hija. Aquella expresión me llenaba de responsabilidad.
Un 15 de Julio terriblemente caluroso, Marta rompió aguas; cuando llegamos al hospital ella iba tranquila y yo a punto de infarto. Mi niña iba a nacer. Cuando por fin nació y con la mirada colmada de lágrimas, me sentí el inútil mas feliz del mundo… no sabía que hacer con aquel cachito de vida que lloraba, mientras el reloj se acercaba a las doce de la noche…
Venía sin manual de instrucciones y por mucho que nos afanamos en buscar uno, concluimos en que lo mejor era improvisar y aplicar aquello de: si no puedes vencerla únete a ella… Nos dejamos conquistar y nos conquistó. Cambió nuestras vidas, abandonamos costumbres y aficiones… perdimos la estúpida idea de propiedad… Hubo momentos duros, pero nos ha regalado una curiosa carga de felicidad escondida por todas partes, que aparece donde y cuando menos nos lo esperamos.
Se me antoja pensar que es la niña más linda del mundo y si va conmigo a la playa las puestas de sol son especiales, o las tardes de lluvia mágicas… Hace bien poco, me percaté de que ya no es mi chiquitina; se hace mayor, independiente… Bailaba entre sus compañeros, en la despedida curso, mientras yo la grababa en video. Estaba tan bonita, tan frágil, tanto… como aquella noche en que la vi nacer… y esta vez también me costó mirarla, porque un inoportuno llanto me abordó sin previo aviso. Habían pasado, entonces, casi nueve años…
Hoy mi niña cumple nueve años, nueve, que no son nada, pero que me han hecho ligeramente mas consciente de mi ignorancia y definitivamente mas seguro de que la vida esta construida a golpe de sorpresas… Ella, Andrea, mi niña, es la luz de una sorpresa constante, el eco de la felicidad y la esperanza… eso, la esperanza.
José A. Fernández Díaz