Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
La mía, Carmen, “Mucha”… Cariñosa, trabajadora, tolerante…; creo que fue mi primer referente de belleza. Arranqué lágrimas de sus hermosos ojos azules tantas veces que, apenas puedo recordar mi adolescencia, sin que semejante imagen aflore entre una y otra peripecia… Ahora que nos miramos cana a cana, la reconozco sensata, sincera y muy madre, tanto como lo fue siempre. Un día de estos tendré que ponerme serio y comenzar a pedirle perdón. Me tocó ser el hijo mayor, el revoltoso, de química inestable, enamoradizo, inventor o descubridor de caminos nuevos, casi nunca sencillos, el innovador, el loco peligroso, el que la hacía llorar muchas veces…
Hubo un tiempo en que le toco sufrir dos adolescencias al mismo tiempo: la mía y la de mi padre, tardía, a destiempo e inoportuna. La mía fue muchísimo peor, eso sí. Ya en la pre-adolescencia se anunciaban tormentas y creo que mi madre las vio venir pero…
Lo recuerdo bien; ella trabajando desde antes que saliera el sol y yo que me construía una especie de personalidad a golpe de ensayos. Ella que lloraba cada vez que me explotaba el experimento y yo ignorando sus consejos una y otra vez… a esas edades pensamos que los padres no saben nada de química… Sufrió mi tendencia hippie, aquellos horribles pelos en la cara, que pretendían ser una barba y una forma de explicar que uno ya no era niño, sin saber que la pelea interna aun la ganaba aquel del que pretendíamos huir; también fue la primera en escucharme hablar de marginados, de poder popular, de marxismo y de que no tenía ningún sentido ir a un colegio católico porque ya no era capaz de creer… Ella, mi madre, insistía en plancharme los vaqueros rotos y gastados y en hacer desaparecer aquella vieja chaqueta negra, sesentera y también aquella otra de capucha a la que terminé por arrancarle las mangas… Me buscaba desesperadamente y mi madre, sin que yo me percatara, supo estar a mi lado todo el tiempo…
Siempre ha estado y sigue estando … la última vez que la vi llorar por mi culpa tiene nombre: se llama Lucas, su nieto.
Madre
La de mis hijos, Marta… Cariñosa, comprensiva, trabajadora, impetuosa, coherente. Creo que mis hijos tienen la misma suerte que yo he tenido. Con ella he aprendido a ser padre, a madurar, desde el día en que nos encontramos con que íbamos a ser madres o padres. Espero que mi larga adolescencia no perturbe a la madre de mis hijos… Espero que mis conocimientos de química estén a la altura de los experimentos que un día emprenderán nuestros hijos… de cualquier manera está Marta, la madre en mayúscula, esa otra madre de la que también estoy infinitamente orgulloso…
José A. Fernández Díaz