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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Loca realidad

Los-suenos-1-.jpg                 Ella era coqueta e incierta, franca e indecisa… también concisa y un poco impuntual, como la madre de su hermana, pero un poco al revés; es decir: ella era un espejismo dibujado a cincel sobre el asfalto hirviente de una nada despreciable tarde de verano y también otra cosa, según el día y la hora… pese a su ostentosa falta de puntualidad y sus maravillosas excusas sobradamente rocambolescas o kafkianas, que de las dos tiraba por separado y en el peor de los casos conjuntamente…

                Adoraba cuando se preocupaba por descubrir de que manicomio me había escapado. Pobre; un día de esos grises a la fuerza,  tengo pensado contarle, mientras nos tomamos un breve descanso de nuestro voluminoso tiempo dedicado al ocio, el por qué y el cómo de aquella mañana encapotada por un ruidoso cielo a cuadros, en que sin apenas tiempo para reaccionar, fui expulsado del manicomio en que habitaba por ser considerado loco non grato. Puedo presumir de ser un loco coherente y consecuente; y de ejercer a tiempo completo y con nocturnidad, salvo las noches de luna llena en que me apetecía limpiar los cristales y podar los setos…

                Ella, hija de la madre de su hermana, o eso me dijo;  y no se bien si tomármelo en serio,  tenía la sana costumbre de no tener costumbres y la nada  despreciable  virtud de tener pendiente una partida de parchís,  con un monje budista que aparcaba su moto acuática junto a mi cortacésped lila. Creo que para entonces comencé a amarla, con admiración y un poco de chocolate espeso, endulzado con la esperanza de que algún día me invitara a conocer el secreto de su arroz amarillo. Amarillo pero con sabor a blanco… Era genial. Puede que yo obrara con interés y también puede que no… ella no lo sabía y a mi no me importaba, luego ojos que no ven, pues mala cosa, para acertar el color de los pimientos. Que resulta traumático y desconcertante percatarse de que lo que uno se ha llevado a la boca no es un pimiento verde sino una réplica exacta de un ósculo de cera...puff!!!, dramático y desprovisto de razones para seguir viviendo o viniendo al cada día como si valiera la pena. Si es que aquella mañana con el cielo a cuadros, el norte de mi vida sin rumbo, perdió el sentido y se derrumbó mientras mis nervios se marcaban una rumba algo clásica y desangelada hasta terminar triste y meditabundo,  frente a un puesto de ropa interior de diseño, en un mercadillo popular,  donde convivían graciosamente los calabacines y pepinillos con banderas españolas de satén harto erótico  y posters de suma-gestad  el rey y su reina,  mirando fijamente al pueblo,  que entretiene su hambre, con histerias para contar a los nietos de los abuelos que aún no tienen pensado nacer…

                Creo que nos amamos alguna vez… Recuerdo un domingo, uno solo; pero aquella primera vez fue, probablemente, un martes, ya que el día anterior había sido un lunes. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, pero ayer fue jueves… bueno, lo cierto es que, ella, coqueta e incierta, franca e indecisa… también concisa y un poco impuntual, como la madre de su hermana, se acercó a mi con intenciones nada claras, pero interesantes. Me inquietó sobremanera la taza de café hirviente en una de sus manos y, algo menos, el cuchillo de matanza en la otra. Cuando me miró a los ojos supe que aquello era deseo descontrolado o algo así. Se me antojó pensar en un primer momento, debo confesarlo, que aquella mujer no tenía razones concretas para llevar en la mano aquel cuchillo; pero quien soy yo para poner en duda el buen criterio de una vieja compañera de manicomio…  

                José A. Fernández  Díaz

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