Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Entretenido en sus desventuras y desconcertantes visiones de la realidad inversa; sin mirar a ningún lugar concreto, sin derecha o izquierda, delante o detrás; así, caminaba el loco, señalando con un dedo inútil para acariciar, una esquina del infierno, donde había descubierto un ángel atrapado entre la pasión coronada por unos hermosos ojos azules, y la lujuria desnuda hasta los bordes del alma… Terminaré por escribirlo- pensó-, no sé si esta u otra noche, pero así será…
De súbito sintió sobre su hombro el contacto irreprochable de una mano bien conocida y por fin el perfume de una voz adornada con un verbo atemporal. El poeta escuchaba en silencio su perorata, sus delirios arrojados por la ventana de un último piso del edificio donde habitaba sui manera de entender el mundo…
-Buena noche poeta. A dónde van sus pasos?...
-A la playa, a mi playa; a estas horas siempre a mi playa, amigo.
-Vamos poeta… usted con sus sueños y yo con mis pesadillas.
El loco miró al cielo apasionadamente y con la mirada invadida y conquistada por la luz de mil estrellas, comenzó a tararear alguna canción quizá inventada, tal vez distorsionada, probablemente desconocida entre los límites de la realidad que en aquel momento los contenía. El poeta se limitaba a escuchar en silencio y a suspirar de vez en cuando. Llevaba en el pensamiento algunos versos que pretendía ensayar bajo la noche y tal vez posarlos sobre la monotonía de las olas.
-He amado, poeta, lo he hecho hasta conquistar los límites de la razón. Amé hasta dejar de ser yo mismo; claro que las flores, todas, son efímeras. Mueren, poeta, mueren poco a poco, pero tan pronto que apenas alcanzan a llenar el espacio de una docena de suspiros…
-Usted ha amado?...Ama?
-Supongo que amo y he amado. Algunas veces confundo realidad y fantasía. Soy lo que escribo y escribo lo que soy y todo en una extraña e indefinida mezcla de esencias que ya no se si soy capaz de separar… Amo, amigo mío, siempre, tal vez mal, pero amo…
De su bolsillo, el loco extrajo una pequeña botella, que destapó y que ofreció al poeta. El poeta bebió de aquel licor, que mas de una vez habían compartido; por eso no hubo preguntas… se limitaron a beber y sentir como una grata sensación dulce y cálida invadía las proximidades del corazón.
Llegaron a la playa con la mirada acostumbrada a la luz pobre de la noche. Se encontraron frente a frente con el aroma y el rumor del mar y la curiosa sensación de compartir la soledad de aquel espacio con un tercer corazón. El poeta buscó su roca y el loco lo acompañó en silencio.
-Este mar – dijo el poeta-, este mar, aloja mi esperanza, temores, algunas dudas… es como la vida y no sé si le tengo miedo o me tiene miedo pero, por la razón que sea no me atrevo a mirarle a los ojos cuando lo conquista la luz del sol.
-Una vez, hace algunos miles de años, me enamoré de una estrella… pero éramos demasiado jóvenes. Hoy brilla demasiado y yo me he ido apagando. Ya no sé si tengo sueños. Me temo que mi razón está algo confundida… Las estrellas hacen que nosotros seamos efímeros… Parece que siempre me enamoro de quien no debo hacerlo. Bendita puntería, poeta.
-Un día escuché decir, en una película creo, que amar es no tener que decir nunca lo siento… Quizá de ahí el miedo que acompaña. Soy tan imperfecto, que temo no saber amar…
Sobre el agua el reflejo de las estrellas y también el eco de un latido intenso, profundo, apasionado, hijo de una voz a la que hubiera gustado gritar: “ Yo sabría enseñarte a amar y aprenderíamos juntos a perdonar las sinrazones del amor…” El tercer corazón que habitaba aquel lugar en aquel momento perdía el control pero sabía esperar en silencio a que el poeta hallara un lugar común.
El poeta sabia que ella estaba allí, bajo la noche, bajo el agua, al pie de su roca… el loco también…
José A. Fernández Díaz