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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Hotel California

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                Abandonamos la carretera principal para buscar un lugar donde aparcar el cansancio y la esperanza. Llevábamos con nosotros una gran carga de amor nuevo y pasión intacta.

                Justo antes de activar la luz de giro  a la derecha  miré su mano apoyada en mi rodilla y luego el límite entre la camiseta y el  surco de sus pechos. Ella puso un beso sobre el pico de la última  botella de cerveza y me la ofreció guiñando un ojo.  Bebí el calor de aquel beso  que rápidamente se confundió  con el sabor amargo que no me quitó la sed…

                A lo lejos el sol incendiaba el horizonte sobre el mar… Mientras se moría el día descubrimos un viejo hotel con  un nombre que se nos antojó pretencioso  y fuera de lugar, “California”… Hotel California. Nos gustó el color de sol gastado con el que estaban construidas las paredes, la breve arboleda que acompañaba hasta la entrada, aquellas ventanas con arcos verdes; también  una capilla abandonada  a su inmensa suerte, con modesto campanario, habitada por una pareja de náufragos de los años 60 que se ocupaban de recordar solo algunas horas del día,  coloreando el silencio con las campanas… justo en aquel momento  sonaban … Y la playa, una hermosa playa desierta… Maravilloso conjunto.

                Decidimos conocer el interior de aquel lugar, de aquel hotel. Con las mochilas a la espalda abandonamos el coche para  dejarnos conducir por los pasos que nos llevaban hasta la recepción. Felices, sin ganas de separarnos nunca, caminábamos cogidos de la mano... Cerramos los ojos antes de cruzar el umbral de aquel lugar… al abrirlos nos encontramos con una mujer  que sonreía y un niño que sostenía un pincel impregnado de maravilloso naranja… La luz del atardecer  dibujaba  y alargaba las formas de las ventanas  que se esparcían alegremente por encima de todas las cosas. Flores y frutas, fotos  y un hermosa música que supimos reconocer  nos alcanzó de lleno en los sentidos. Paz y amor…

                Pedimos una habitación y, tras mirarnos con ganas de no despedirnos nunca, nos ofreció una, la más alta con terraza y vistas al horizonte… el hotel es vuestro, es para vosotros.  Nos regaló vino y pan casero, fruta y algunos girasoles. Cuando llegamos a nuestra habitación en la segunda planta la música aún nos acompañaba. Posamos nuestros regalos, tiramos las mochilas y nos arrancamos la ropa… entonces comenzó a sonar “Europa” de Santana … Nos amamos mientras la noche lo invadía todo. Delicioso el vino que apagó nuestra sed  y que bebí de sus labios una docena de veces…

                La mañana nos sorprendió desnudos y felices sobre un mar de sábanas coloreadas por el sol del nuevo día… había música y sonaban las campanas... Las gaviotas volaban muy cerca de la terraza y el olor del mar se confundía con el de nuestros cuerpos impregnados de amor. Mordí una manzana y la puse entre tus pechos y un girasol para iluminar su vientre… “ Te quiero así  y como llegues a ser, te quiero para siempre porque he descubierto que eres mi complemento perfecto,  la mitad de mi universo…”

                Un día nos tocó dejar aquel hotel donde siempre había música  y luz, paz y amor… Nos prometimos volver… pero nunca  supimos como…

                José Angel Fernández  Díaz.

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