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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Hijo que mira a su padre

               capitan libertad.

                Algunas veces la voz que nos empuja a seguir nace de la esperanza que juega a entender la vida.

                Volvió a casa cansado y triste, derrotado y aburrido. Curiosas y nuevas sensaciones en la piel y los sentidos de un hombre fuerte,  fiel a sus principios, a las ideas con las que vivía y defendía con la única intención de luchar por un mundo a la medida de todos y donde nadie estuviera por encima de los otros. El sistema contra el que luchaba   y también aquellos en quienes tendría que creer  y confiar, habían hecho del día una sucesión de horas grises y puñetazos en el corazón de la fuerza que empujaba sus sueños.

                Caminó las calles de vuelta a casa con la sensación de que se trataba de la última vez. Aquel trabajo que hacía bien, muy bien, en el que cumplía todas y cada una de sus tareas con la precisión y dedicación adecuadas, era una batalla diaria donde los amos exigían sumisión y esclavitud. Sus Convicciones chocaban constantemente con la violación de todos los derechos imaginables dentro de la empresa donde se defendía y defendía a sus compañeros  a través del sindicato que lo había dejado solo.

                Conocía de memoria las calles de aquella pequeña ciudad, porque se las había caminado bajo pancartas y consignas, con banderas al viento y el ruido de los puños en alto y las voces en coro exigiendo y reivindicando derechos de esos que han costando sangre y sudor. Sabía quienes iban a estar y quienes no y hasta que punto arriesgaba su libertad por aquello en lo que creía.

                Frente al portal de su edificio quiso recordar como había llegado allí, a aquel lugar de la vida y con aquellas dudas… quiso saberse, reconocerse, recuperarse. En el interior del portal reconoció la atmósfera plagada de olores y ruidos que lo había acompañado desde su niñez y que hablaban de historias de sufrimiento, de injusticia, de efímeras alegrías, de obreros cansados, heridos, olvidados… Mientras esperaba el ascensor miró en el interior del buzón y aunque había algo a la vista no se preocupó de abrir.  Dentro del ascensor pensó en su familia…

                Tras la puerta apareció inmediatamente su pequeño hijo. Miró aquellos ojos  y comenzó a hablar:

                -Hijo mío, papá está cansado de luchar, no encuentra razones para seguir adelante. Sé que te he contado lo importante que es luchar por aquello en lo que uno cree,  ser honesto y justo. Sé que sabes cuanto he trabajado para que la herencia que he recibido de mis maestros y camaradas pudiera convertirse en hechos y derechos… pero hoy, ahora, ya no puedo más y no sé si pensar en mañana vale la pena.

                El niño miró al padre en silencio mientras aquel, con la voz rota, intentaba explicarse. Cuando el padre ya no encontró palabras para seguir el niño dijo:

                -Papá, un comunista nunca se rinde.

                José A. Fernández Díaz            

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