Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Una mañana amanecí loco, loco de remate y dispuesto a conquistar con mis sinrazones la orilla donde habita el club de los cuerdos. Abrí un ojo prudentemente y para cuando hice lo mismo con el otro, buena parte de mi memoria se entretenía enlazando retazos de canciones atrapadas al vuelo, que manaban y fluían indetenibles de la radio que un día había dejado encendida sobre el microondas. Poco después, con la mirada habituada a la luz, clavada en el techo de la habitación descubrí una mosca que caminaba tranquila y pacíficamente sobre el cartel de una de mis películas favoritas… Bogart ni corto ni perezoso la aplastó bajo el fuego de su cigarrillo en el borde de la C de Casablanca.
Entre las sábanas revueltas la libreta donde iba apuntando el final de mis sueños y una novela que había comenzado a leer desde el final, como siempre había deseado… y un gran girasol que robé al vecino con la intención de desorientarme. En aquel momento, desde la cocina, llegaban los primeros compases de “smoke on the water”... inmediatamente mi vejiga llamando la atención. En el servicio intenté recordar: ¿hoy toca en el inodoro o en el bidet?... miré los apuntes en la pared, junto al espejo, y efectivamente, tras la fecha de ayer estaba la respuesta: hoy toca bidet. Salpica un poco pero uno se queda mas tranquilo dándole algún tipo de uso.
Bajo la falsa lluvia de la ducha apenas escucho la radio y me pongo a cantar, mirando fijamente y con la boca abierta el vapor que construye frágiles nubes muy cerca del techo. Pronto dejo de cantar y repito palabra a palabra el discurso de Chaplin en el Gran Dictador… al final levanto un brazo con la palma mas fascista que nunca y me enjabono el sobaco, luego la otra que termina en corte de mangas … con aquello doy por concluidas mis abluciones matutinas de cuerpo presente.
Al tiempo de mirarme al espejo una duda sustancial aborda mi vergüenza: voy o no voy a trabajo?... ahí está la pregunta para atentar contra ese espíritu libre que me mueve. Normalmente voy y normalmente vale la pena ir, normalmente me pagan por estar y hacer, normalmente me gusta volver a casa, normalmente pienso que normalmente viene de norma en la mente y eso me desconcierta. Puede que no sea cierto; tampoco importa … normalmente no me importa. Iré a trabajar como lo hago todos los días.
La primera vez que amanecí loco y con ansias de conquistador me sentí un poco raro, pero con el tiempo se me fue pasando hasta convertirse en una compañía agradable. El yo mío que se mete en cama por la noche no entiende al yo de nadie que amanece interpretando el mundo desde otra perspectiva. Esos días gratos de locura se que soy capaz de confesar mi amor a gritos o interpretando un bolero sentido a mi compañera Mariola, la tele-operadora tartamuda que tanto me gusta. Me gusta como hace que las palabras tengan otra dimensión. La verdad es que me ha confesado que tartamudea para hacerse la interesante y dice que yo le gusto mas cuando voy al trabajo con la ropa interior por fuera, porque le gustan los hombres que arriesgan, que van al límite. Siempre recordamos juntos aquel día que aparecí con un inmenso abanico que al desplegarse tenía impresa la famosa escena de la mantequilla del “Ultimo tango en Paris”. Se trataba de una alegoría a la libertad de expresión o al sexo con olor a palomitas de maíz…
He descubierto que en mis días de locura soy capaz de entender cosas que normalmente me cuestan. Encuentro meridianamente claros a los políticos y a los banqueros y no me cuesta ponerme en su lugar. Tampoco me resultan abruptos los predicadores, curas y afines… si no los entiendo simplemente me hago el loco estupendamente; al fin llevo el papel puesto.
Ayer en el trabajo me encontré con uno que pretendía hacerse pasar por loco. Supongo que pretendía una baja médica. Cuando me vio entrar apenas pudo articular palabra y menos aún cuando le pregunté mi nombre y mi edad… pretendía que debía ser al revés. Acaso no lo habían enviado para que me informara de mi nueva identidad?. Inmediatamente me clavó la mirada y salió corriendo, corriendo hacia fuera, por la puerta. Inútil principiante incapaz de atravesar paredes. Me dio tiempo, eso si, de sacar mi tirachinas y dispararle un rayo capaz de borrar toda la información que pudiera haberme sustraído.
De camino al trabajo observo que mucha gente pisa las líneas grises en los pasos de peatones. He visto a mas de uno caer en las profundidades del asfalto y desaparecer para siempre. Yo soy prudente y solo piso las blancas, que son firmes y seguras. Un día decidí dejar mi coche abandonado para siempre en medio de una carretera. No me gustaba no sentir la carretera bajo mis pies y tampoco estaba seguro de que aquel cacharro supiera bien los lugares donde yo tenía que ir.
Al llegar al trabajo, como todos los días me dirijo a los vestuarios, donde me pongo mi disfraz para pasar desapercibido, me cuelgo el fonendoscopio , la tarjeta identificativa que dice Dr. no se que y me voy al servicio de urgencias. Creo que hoy me toca guardia pero para poder verlo tendría que quitarme la bata pues tengo por costumbre apuntarlo en el codo… Tampoco importa, si me canso lo dejo todo, me tomo algo relajante, me marco un bolero y …
José A. Fernández Díaz