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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Doña Angela

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                Algunas veces no somos conscientes de que  alimentamos nuestro tiempo de costumbres, de presencias casi intangibles o tan sutiles que solo son evidentes cuando se convierten en ausencias y luego en nostalgia.

                Hoy, de camino al trabajo, con una triste noticia germinando en nostalgia, me ha dado en la mirada con contundencia exagerada, la intensidad del otoño. El cielo gris algo intenso en algún lugar y tan frágil en otros, tanto que dejaba que se colaran los rayos del sol triste; la brisa ligera, suave pero capaz de arrancar las últimas hojas vencidas a los árboles que parecen arañar el cielo… y el suelo perdido bajo un denso manto ocre, rojo y marrón,  dibujando piruetas con el  antojo del viento… la vida que es así, de esa manera  y no de otra me ha hecho entristecer.

                Doña Ángela ahora es ausencia de camino a la nostalgia. Me gusta la última imagen que guardo para siempre… una habitual, la de casi todos los días: llaman a la puerta, abrimos y toca esperar porque quien ha llamado utiliza el ascensor. Inmediatamente su voz y luego esa mirada amable, cariñosa, entrañable. Ocupa una de las sillas nos mira o me mira e inmediatamente hablamos de lo trivial e intrascendente como de lo imprescindible e importante sin que pareciera que son cosas distintas o no, según el día y la fecha.  Me gusta recordarla tratando a su hijo cincuentón como si fuera un adolescente siempre en fase experimental. Nunca pude evitar pensar en mi madre cuando nos visitaba Doña Ángela. Había algo de la una en la otra, tal vez porque las madres terminan siendo curiosos habitantes de un mundo que necesita super poderes de los que solo ellas están dotadas.

                He mirado varias veces a lo largo de la mañana la puerta de nuestro despacho,  por donde entraba cuando hacía una parada en su paseo diario. Hoy está cerrada y se me antojó abrirla alguna que otra vez por si acaso… Puede que Doña Ángela no venga hoy, es posible que tenga que guardarme aquella última vez como si no tuviéramos tiempo para más…

                En todo caso Doña Ángela, si es que hoy no puede venir, porque no resulta fácil andar entre el otoño ocupándolo todo con sus excesos de ocres y grises, ha de saber que mis hijos están bien, que crecen tranquilamente muy a pesar de un mundo complicado y difícil de entender, injusto y desordenado, que usted ha visto cambiar y del que me ha hablado más de una vez. También que a su hijo, para usted adolescente eterno, socio y compañero mío, intentaré llevarlo por el buen camino que confieso no conocer. No se preocupe, hemos vivido juntos alguna que otra desventura y estamos hechos a todo. Sobre el tiempo, ya ve, mucho frío y por ahora poca lluvia… veremos como viene el invierno…

                Buen viaje Doña Ángela, descanse en paz…

                José  A. Fernández Díaz.

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C
Gracias José Ángel. No podía haber mejor epitafio para doña angela
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