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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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De camino a las cosas grandes

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                Tengo la mala costumbre de perderme en los pequeños lugares y las pequeñas cosas de camino a las grandes. Es cierto que cuando alcanzo a tocar el cielo de mis deseos  tengo colmados los sentidos con el cansancio de lo inconmensurable… Si miro el camino de regreso me descubro millonario de placeres pero pocas veces me detengo a pensar, solo sigo adelante como el buen loco que soy.  

                Reconozco que lo que quedaba de aquella mañana me estaba resultando insoportablemente llevadera  y nada despreciable desde el punto de vista desviado,  que siempre ha caracterizado la manera que tengo de mirar las capas que colorean el mundo en que experimento o ensayo. Desde que aprendí a escribir cartas,  las horas ajenas al discurrir ruidoso de la vida o al silencio bajo el agua de la ducha, tienen el sabor de un siesta improvisada, de esas que acontecen en medio de una grata lectura arrullada por el calor tímido de una tarde de primavera y el estruendo de la vida pacífica que invita a soñar.

                Descubrí que tras la paz de quien escribe para explicarse se esconde la necesidad de encontrase reflejado y conocido, en consecuencia algunas repuestas son dolor que mata con heridas definitivas.

                Había sido más yo que nunca en los tiempos o con una edad en la que uno básicamente se está buscando, y mis cartas hechas de cosas pequeñitas tenían por destino algo grande, tan grande que apenas podía imaginar que visto de cerca aquello era increíble. Estaba enamorado cuando me tocó abandonar aquel país y seguí enamorado cuando miraba desde el otro lado más con la memoria que con otra cosa. La había perdido tal vez para siempre, pero incapaz de entenderme rebuscaba entre las piezas de mi naufragio algún resto al que condicionar mi supervivencia. Escribía dos o tres cartas por semana y las enviaba a la única dirección que conservaba… de tanto esperar había concluido tan solo que tal vez aquel domicilio fuera erróneo, solo eso. No se me ocurrió pensar que probablemente ella estuviera ocupada amando a un ser de carne y hueso  y o a una soñador siempre alejado de la realidad más a mano; antes de una manera y ahora de otra más certera.

                Perdí, con el tiempo,  la idea de cuantas cartas podían haber salido de mi esperanza. Un día aprendí que de camino a lo grande uno puede perderse y perderse para encontrarse mirando desde otro lado. Sucedió que me enamoré sin que pudiera o quisiera hacer nada para evitarlo. Y ensayando aquel amor pasó el tiempo de esa manera extraña en que se suceden los días cuando uno se supone más  feliz y venturoso… Había dejado de escribir cartas porque me gastaba el tiempo escribiendo notas para ilustrar sueños. Aquel sueño que llenaba mis horas tenía fuerza suficiente para desvirtuar los antojos grises del cielo o las ingratas peripecias del cada día. Había olvidado que un día contaba letra a letra en papeles sin destino cierto, que cosas estaban vivas de aquel amor a la deriva.

                Aquella mañana llevadera, grata, agradable, llevaba conmigo dos cosas una cierta, el amor nuevo y otra incierta acuñada en la otra patria, donde una letra bien conocida, extrañada y casi olvidada, me llamaba por el nombre que tantas veces, no sé cuantas, me habían convertido en un simple remitente. Una carta por fin, respuesta a tantas mías. Una carta ahora que ya no era aquel otro.

                Busqué un banco solitario, en un rincón,  entre los senderos del parque, bajo la sombra de un árbol intenso y protector. Abrí con cuidado, respiré dentro del sobre. Olía a ella, al tacto de la piel que había amado… Acaricié el  papel rayado, cuidadosamente plegado y mi pensamiento se dedicó a recorrer las primeras letras,  sin leer, sin querer  comprender o entender.

                Leí la fecha y luego mi nombre gratamente atado a un “amor mío”, que me hizo daño…

                Había leído, confesaba,  cada una de mis cartas una y otra vez mientras otra piel entretenía sus sentidos. Tenía una caja donde había decidido guardar la historia de mi tiempo con ella; notas, libros, cartas, flores, cartas, música…

                “Ahora estoy sola, sola como nunca y me siento acariciada hasta los bordes del alma cada vez que abro mi caja y viajo  a través de esta historia que nunca supe creer… Has sido el amor de mi vida, el único que me ha querido de verdad y el único que no me ha tenido nunca. No sé como pedirte perdón, tampoco como explicarte que si pudiera darle la vuelta al tiempo no dudaría en hacer cualquier cosa para intentarlo. Ahora, tarde probablemente, sé que me has querido como nadie y yo te he hecho daño queriéndote mal o no queriéndote. Hoy te quiero por todo lo que no te he querido…”

                Leí aquel largo texto  dos o tres, tal vez cuatro o cinco veces antes de respirar hondo y mirar adelante. Aquello era lo que yo había buscado, había esperado un “te quiero” de aquella mujer con tantas ganas, con tanta ansia que semejante confesión me había dejado mudo e incapaz de pensar con claridad. Al fondo del sendero podía ver  como un barrendero se acercaba ocupándose de recoger algún que otro papel  y esas hojas vencidas por la edad. Cuando llegó a mi lado lo miré a los ojos, con mi carta en la mano, miré su canasto ocupado por miserias y naturalezas descatalogadas, hice un gesto y se acercó.

                 Compartimos una larga charla, aquel hombre y yo, como otras muchas veces. Esta vez me encontró leyendo y no, como había sido habitual,  escribiendo una carta. Esta como las mías había tenido un destinatario instalado en un pequeño lugar donde las cosas pequeñas son mas entretenidas que las cosas grandes.

                 José A. Fernández Díaz.    

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