Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Su religión le impedía besarme los días cuya letra inicial fuera “m”… Me quedaba sin besos los martes y miércoles. Tenía un paraguas de punto y muchas ganas de que lloviera para estrenarlo. Insistía en cantar mal adrede, mientras el helado enfriaba aquellos labios pintados con fresa salvaje…
Adoraba leer acostada en los trampolines de las piscinas y abandonarse al influjo de la noche, a la sombra de las farolas azules, solo azules.
Hacía el amor solo cuando tenía antojo de lasaña y me deseaba “feliz cumpleaños”, el día menos pensado.
Nunca dejaba terminar una semana sin visitar su ferretería favorita y jamás comenzaba otra sin cantar al borde del cristal de la pecera, donde flotaba aburrida y sola una Barbie pintarrajeada para Salir y su carpa Aurora. Cantaba una canción sin principio ni final para ocupar el tiempo perdido.
Me obligaba a usar su perfume mientras ella usaba el mío. Ordenaba sus zapatos por años de uso y de derecha a izquierda…
Coleccionaba chinchetas de colores.
Odiaba las semanas que comenzaban con lluvia y terminaban con sol.
Rezaba antes y después de cepillarse los dientes y también una vez que soplaba las velas de su tarta de cumpleaños…
Tocaba tres veces la puerta de la nevera antes de abrir y se despedía amablemente justo antes de cerrar…
Le gustaba acariciar los relojes que adornaban las muñecas de sus amigos y pintarse uña si uña no…
Adoraba la cocacola sin etiquetas y los bocadillos con una aceituna justo en el medio del pan…
Solo juagaba al veo veo en la oscuridad de la noche y después de hacer el amor. Inventaba colores y bautizaba todas las puestas de sol con nombres de gato…
Cuando escribía una carta usaba siempre un único punto y siempre era final…
Tenía un pequeño huerto donde decía que cultivaba sueños, que regaba todos los días con una generosa ración de besos …
Solo decía “te quiero”, cuando me quejaba de algún dolor o achaque… Para curar mis males me administraba siempre tres curadas de leche condensada y un largo beso…
Cuando escuchaba un “te quiero”, mío me miraba fijamente, guiñaba un ojo y se iba a la cocina a preparar una lasaña…
José A. Fernández Díaz