Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
¡Cuéntate algo!, - dijo uno de los habituales, mirando fijamente al más viejo de los poetas-
El poeta gesticuló, con la cara y, tras vaciar, sin prisa, el, ciertamente efímero, contenido de su copa, comenzó:
“Es obligado tener en cuenta que la edad que tengo y la edad que tenéis, hacen de nuestra perspectiva, probablemente, una dificultad insuperable…pero, a pesar de todo; de mis años que superan con mucho los vuestros, intentaré hacer mi relato algo fácil de entender… comprensible, digo.
Bien… bien.
Creo recordar que nuestra civilización, acostumbra como medida de tiempo el calendario cristiano… éste calendario llamó a aquel año 2046… Habíamos evolucionado hasta involucionar; superándonos como especie de algo que no se entiende. A pesar de todo sobrevivimos a nuestras ideas y despropósitos. Yo no sabía que el amor había perdido su sentido original y literal… seguía leyendo a los clásicos y los nuevos tiempos tenían el olor aséptico de un minimalismo insufrible. El sentido de las cosas eran las cosas sin sentido… “
Los que escuchaban lo hacían con perplejidad. El poeta siempre contaba historias ciertas, ocurridas en el ir y venir de su vida. Discurría el año 2018 y aquello, ¿aún no había sucedido?... Nadie dijo nada. Se limitaron escuchar con respeto.
El poeta seguía con su historia…
“Entonces, - continuó el viejo poeta-, las gentes se relacionaban a través de sus relojes. Esa relación había perdido el carácter conceptual de tal cosa. Yo diría, juraría, si tuviera fondo ideológico para ello, que se trataba de meros intercambios de datos o información brutalmente técnicos. El libro, por ejemplo, no tenía nada que ver con lo que conocemos ahora… Tampoco importa demasiado pues la gente no leía.
Recuerdo que paseaba de la mano con mis mejores amigos, viejos y manidos, conocidos y reconocidos. Leía una y otra vez, ideas siempre nuevas, atesoradas en el pasado; y las leía en tiempos en que parecían brotar de una fuente que lo gobernaba todo.
Leía una tarde lluviosa de otoño, en el interior de una cafetería colapsada por el anonimato. El otoño era una mera sugestión, generada por máquinas que inventaban sensaciones lumínicas y olfativas… Yo leía en un acto diario y descarado de escapismo necesario, cuando llegó ella. Ella llegó y ocupó la silla contigua y, descaradamente, miró en el interior de mi libro… luego dijo “hola”; luego, con una inmediatez pasmosa, recitó algo de Rubén Darío… el “autumnal” de su obra Azul, creo…. “te quiero”, - concluyó, haciendo de esto último, una pieza cosecha de su imaginario… “te quiero” , -repitió dos veces más.
La miré desde mi lado de la realidad, y, sopesando el carácter absurdo de todo aquello, contesté: “yo … no lo sé; apenas he tenido tiempo de mirarte”, “no me sé ni tu voz”… Ella, impasible, contestó: “yo te quiero y te quiero tener… soy una mujer que sabe hasta donde puede y quiere llegar… y ahora mi estación eres tu”… “No llevas reloj”…
“No llevo reloj, no. Soy un demente solitario y sin ganas de tiempo ni parafernalias”…
“Te quiero tener”…- dijo insistiendo con la mirada.
Me llevó a mi casa. En mi casa encontró que el tiempo había perdido su medida. Yo sabía que mi escondrijo estaba en el punto de mira del sistema. Allí guardaba reservas para sobrevivir. Me llevó a mi casa y me dio su cuerpo. Era tan perfecta, tan bien hecha, que decidí no oponer resistencia. Al fin, ella estaba allí porque quería tenerme. Y yo estaba allí porque no tenía claro si quería estar en otro lugar.
Desnudó su piel mirándome a los ojos. Mirándola a los ojos, me atreví a preguntar, por qué recitaba a Rubén Darío… Por qué el autumnal…
Volvió a recitar:
“ En las pálidas tardes yerran nubes tranquilas en el azul; en las ardientes manos se posan las cabezas pensativas. ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! ¡Ah las tristezas íntimas! ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, tras cuyas ondas trémulas se miran los ojos tiernos y húmedos, las bocas inundadas de sonrisas, las crespas cabelleras y los dedos de rosa que acarician!”…
Concluyó rompiendo a llorar y pidiendo auxilio con las manos… Concluyó diciendo, “te quiero tener”…
Nos tuvimos como si fuéramos de verdad, hasta que el sistema la desconectó, y durmió para siempre entre mis brazos venidos del pasado…
Supongo que por esa razón volví. El amor era arriesgado en 2046. Prefiero ser viejo aquí… prefiero esta falsa realidad a aquella realidad inventada…”
Nadie dijo nada … nadie se atrevió a preguntar… tan solo otro poeta, algo tocado por el licor de hierbas recitó sin permiso a Darío:
“ -¿Más?... dijo el hada. Y yo tenía entonces clavadas las pupilas en el azul; y en mis ardientes manos se posó mi cabeza pensativa...”
José A. Fernández Díaz.