Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
La locura de amor es algo así como esas tormentas súbitas y maravillosas, ,que hacen falta y que duran lo que uno no sabe ni espera…
Amanecía en París; amanecía en muchos lugares a la vez… amanecía en Madrid, con sus más y sus menos, que hacen de la hora y la luz, un juego de dioses.
En el bloque donde Amanda vivía, de tortuoso alquiler, el olor a café viajaba por el viejo aire que vivía ocupando el cañón de las escaleras, al tiempo que una colección de ruidos, músicas y voces, anunciaban el rigor de la monotonía, tirando del carro de la realidad… Amanecía otro día mas en Madrid… y en París.
Ella, Amanda, había trasnochado, se había ido de viaje y, en realidad, aún no había vuelto… estaba atrapada entre la página 560 y 561, de una historia de esas que discurren en el interior de un simple libro. Tocó parar allí, pero no consiguió conciliarse con el sueño. Era preciso dormir, para despertar a la realidad mas allá de las historias inventadas para llenar o cumplimentar las vidas de aquellos para los que la lectura tiene la condición de alimento o droga.
Silvie dormía, lo hacía profundamente, mientras en París amanecía. Dormía con un libro apoyado en su pecho… abierto entre las páginas 560 y 561… Soñaba con el amor. Soñaba en francés; cosa que en realidad nada tiene de particular… si eres francés.
Dormía con profundidad, pero rozando levemente el sinsentido de “algunas veces la realidad”, que atrapa en Paris igual que en Madrid.
De repente se apetecieron y la una, en Madrid, dejó aparcadas sus ganas de salir de casa y la otra, en Paris, su sueño sin pretensiones. Una pensó en la otra sin que se hubieran visto nunca… Amanda tomó su teléfono, marcó un prefijo y luego un número inventado… Casi de inmediato, en el piso de Silvie, sonó una melodía reservada a las llamadas de desconocidos. Quiso contestar, deseó contestar… contestó:
- Aló?
-Oui – Contestó Silvie-
-Eres tu? – Preguntó Amanda
-Je suis..
-Si… eres tu… sin duda eres tu, para siempre.
Justo al final de la página 560 y a lo largo de la 561 se reproducía aquella conversación. Entre Parías y Madrid la realidad replicaba a la fantasía.
Luego hubo un necesito conocerte… quiero que me conozcas. No me importa como eres. Me gusta tu voz y la manera en que ha sonado al contestar…sabes escuchar en mi idioma y yo en el tuyo… Las ganas tienen previsto uno común…
Entretanto había amanecido un día cualquiera en Paris y en Madrid.
José A. Fernández D.