Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
El tenía la curiosa costumbre de respirar profundamente los días de lluvia, cerrar los ojos y saborear el olor de la lluvia, la brisa fresca y el rumor de las pequeñas gotas, haciendo música sobre la piel dura de las cosas… El asociaba la lluvia a la soledad; la soledad como espacio intangible, legítimo, justo y necesario. Y, también, con el final de algunas historias encontradas entre páginas devoradas por vidas inventadas o no.
La lluvia es un lugar…
La lluvia es un lugar, decía Amanda,… Amanda, que era una estación, el plazo debido de un sueño a media luz. Amanda; solo Amanda, sabía ser buena compañía, en los días de lluvia. Acurrucada, en el sillón, había aprendido a respirar al ritmo de los suspiros que, él, ese animal pacífico y solitario, avezado reparador de finales injustos y temerarios, hacía parte necesaria del paisaje de esa lugar que ella, Amanda, llamaba lluvia.
Amanda, se llamaba Amanda, porque Víctor Jara, hizo que una mujer inolvidable, con ese nombre, recorriera la calle mojada, en una canción que solía cantar su padre y que tenía un final triste e irreparable… tanto como las manos de Víctor Jara; manos que un miserable asesino de ilusiones hizo inútiles para acompañar versos con la guitarra.
Las mujeres han hecho del mundo un lugar mejor, pero, como la lluvia, su sacrificio se ha evaporado con los primeros rayos de sol… Algunos hombres, muchos hombres, demasiados hombres, creen que solo ellos saben conducir la realidad…
Ilusos ignorantes que no han mirado las manos de sus madres o de sus abuelas… que no han sabido o no han querido escucharlas.
El tenía a Amanda y la curiosa costumbre de imaginar, que ese lugar llamado lluvia, era una patria donde las mujeres luchadoras no tuvieran que demostrar nada. Amaba a Amanda, como se ama el roce de la felicidad. Amanda era lluvia y él, que asociaba la soledad a esa lluvia maravillosa del verano, eterna del invierno, generosa del otoño, mágica de la primavera. El amaba a Amanda, porque Amanda era maravillosa, eterna, generosa y mágica … y tenía la cualidad de hacer de su soledad justa y necesaria una soledad mas apetecible. Apetecible solo cuando ella estaba.
José A. Fernández Díaz