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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Irene y el punto final

Yann Tiersen en Braga (2018)

Yann Tiersen en Braga (2018)

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El muy estúpido que soy,  se empeñó, intentó   demostrar,  que el amor se cura…

                Puede que mi gusto por las ciudades envejecidas,  a fuerza de no buscarse otra identidad distinta,  tuviera un poco la culpa de esa nostalgia y melancolía… nostalgia o melancolía, que llevaba siempre conmigo.  Puede que lo verdaderamente insoportable de mis muchas ausencias o huidas de lo contemporáneo, mi eterna vuelta a esos tiempos que nunca fueron realmente míos, tuviera la culpa de que entendiera el amor como algo sustancialmente profundo e inmutable.

                Sigo enfermo de aquel amor que decidimos dejar morir  sobre los últimos  días de un verano,  aparcado entre la lectura de lo que otros muchos escribieron y lo que yo apenas conseguí esbozar… Sigo enfermo…

                Intentaba escribir, una mañana cualquiera  de hace, probablemente, diez años; lo intentaba,  con la segunda copa de vino alcanzando mis sentidos. Tenía armada la estructura de una historia y eso nunca funcionaba. Me gustaban esas historias que nacían de la nada. Me encontraba con una primera frase y, a partir de allí, fluía un relato  que no estaba en ninguna parte. Aquella mañana tenía una historia que no quería escribir. Emborronaba mi libreta con palabras sueltas y frases rotas… Demasiada gente ocupando el puerto.

                De entre los viejos edificios,  que hacían  de una calle,  vetusta y entrañable, un callejón, llamó mi atención una figura frágil, maravillosamente desordenada y que pronto ocupó una  mesa  próxima a la mía. Tardó en llegar pero sentí como si mis ganas la hubieran atraído. Lo cierto es que llegó allí sin percatarse de mi presencia. Llevaba los oídos ocupados por dos pequeños audífonos que, una y otra vez, comunicaban a sus sentidos algo que la llevaba a cerrar los ojos y suspirar.  Me gustaron sus ojos abiertos; me encantaron sus ojos cerrados y el gesto de aquellos labios,  que llegaron a sonreír. Pidió una cerveza y se dedicó a mirar al fondo del escenario, sin detallar en nada.  Terminó por encontrarse con mi mirada, que no la había abandonado en ningún momento, desde que la descubriera en el callejón…

                Lejos de molestarse, me dedicó un amable gesto que se me antojó la cola de un sueño… No supe que hacer;  pero entonces encontré las primeras palabras de una historia que no sabía como iba a continuar. Escribí, escribí un largo párrafo donde no hice otra cosa que describir algo que deseaba llegara a suceder…  Y sucedió.

                Ella, Irene, escuchaba a Yann Tierssen. Me lo dijo tras preguntarme si era escritor; tras confesarme que la vida sin música, sin literatura, sin belleza, sabia a sal…solo a sal. Me dejó un audífono para escuchar con ella una de las piezas, mientras la mañana se iba diluyendo. Aquella misma tarde viajé con ella al resto de mi sueño. Puede que las tardes pacíficas y soleadas colándose,  suavemente,  por entre las cortinas, nunca más tuvieran otra esencia que la de su cuerpo desnudo, tocado por la luz ocre, buscando una canción para dedicarme y hacer para siempre,  de aquel tiempo,  una pieza imprescindible de mis nostalgias.  Cuando comenzó a sonar  “quiéreme” de Luis Eduardo Aute, ella volvió a la cama donde yo no sabía si cerrar los ojos y escuchar con el alma o mirar  y llenarme a rebosar de su belleza… Miré, miré con los ojos, con el tacto, con la memoria, con el corazón y me metí en su cuerpo con unas ganas indecibles de que fuera para siempre.

                Nos quisimos, con dolor, con esperanza, con ganas de que no se terminara hasta que tocó reconocer que ninguno de los dos era de verdad.

                Irene se terminó cuando encontré un  final para nuestra historia. Había llevado aquella fantasía hasta los límites de mí mismo, hasta hacerme daño. Llegué a encontrármela tantas veces poblando mis historias, que temí haber alcanzado la locura. Había creado a la mujer de mi vida,  pero lo había hecho con la torpeza de esos escritores que hacen las historias  sin saber a dónde van y cuándo o cómo van a terminar…

                Irene se fue al final del verano. No pude detenerla. La historia con la que me fui encontrando, la arrancó de mis brazos, se la llevó para siempre…

                José A. Fernández D.                  

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