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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Mirarte

Mirarte
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¿Cuánto tiempo hace?... ¿Cuántos años, meses, días?... ¿Cuánto espacio?...

                Media,  entre aquellos viejos tiempos, nuevos,  siempre que uno quiere, lo que dura un segundo… o menos. El tiempo, corazón, en que la memoria los trae a mi. Aquellas tardes de paz y luz impertinente,  que se colaba, en la cadencia de nuestras siestas… después, antes y durante los  capítulos del amor, hecho de piezas encontradas y reinventadas…      

                Porque lo traíamos todo roto… Todo nos dolía. Teníamos en común heridas y mas de una muerte con resurrección. No tenían la culpa los otros; mis otras y tus otros. Tuvimos la culpa tu y yo… casi siempre y siempre, si me apuras.

                La primera vez, aquella tarde de manzanas dulces y vino barato, de una tarta  que no supe inventar bien y que el horno decidió desterrar del mundo de las cosas con sabor a ganas de repetir… La primera vez, aquella tarde, llegué a mi/tu habitación y,  me encontré con una Venus sin Cupido, sin espejo… con las mismas curvas traviesas y el deseo mirando al fondo de  cualquier lugar… me quedé con la imagen para siempre y, confieso, que me costó atreverme a tocarte, a recorrer el dibujo de tus caderas, la belleza tibia de tu espalda, el exquisito acantilado de los hombros donde me asomé… para mirar al otro lado.

                La segunda, tercera … las muchas otras veces me gustó amarte, como la primera vez, siempre igual, siempre como si fuera la vez primera, como si nos acabáramos de conocer. Al fin, no te acababas nunca, eras un libro sin fin, la arena de la playa, el agua de los ,mares. Te guardé en mis memorias: te hice vicio para tacto, agonía para el  gusto, alimento para el oído y nostalgia para el olfato… tus perfumes, la paz en la guerra de tu piel, el calor de tu voz.

                No sabia, no sabíamos, que una día iba a perder la vista. Perdí la capacidad de ver  y no la de mirar… Te seguí mirando. Te sigo mirando como si ayer fuera hoy, como si la primera vez fuera hace uno de los segundos que están por venir.  Te sigo mirando, hermosa y casi intangible, con la vista de los otros sentidos.

                José A. Fernández D.

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