Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
La primera vez, después del último día, descubrieron que aquello era la guerra y que la guerra tiene algo venenoso en sus pocas letras y, sobretodo, la seña de la injusticia en el ruido que hace.
Hacer la guerra es deshacer la vida; romper la razón en pedazos ínfimos e irrecuperables. La guerra hace del hombre una bestia al servicio de su mas rotunda irracionalidad. Es la caída en el vacio de la evolución.
En l escenario no solo tienen un lugar los que luchan de un lado o del otro, los que se enfrentan con sinrazones que matan; en el escenario aparecen las víctimas colaterales que casi nunca entienden algo o casi siempre no entienden nada.
La ciudad o lo que no es ciudad, se desdibuja en un amasijo de lo que las cosas fueron. La vida deja de funcionar y las esperanzas se mueren esperándose a sí mismas. Nada tiene dirección ni sentido.
El primer día, después del final de la razón, las calles tienen dirección a ninguna parte. Engullen los horizontes hasta consumir los límites del universo mas próximo. Querer escapar es la última idea de cada día, y la primera tras las noches sin dormir… Todas las noches sin dormir se parecen a la vida sin nada que esperar, al infierno imposible.
La vida en guerra es una contradicción en sí misma. Un país en guerra está hecho de cadáveres que esperan, de almas sin barco… con el presente roto e incapaces de pensar en el futuro; tal vez con la única esperanza del pasado, que apenas sirve para nada.
De esas guerras sin batallas, inmensas en toda su miseria, nacen los miedos que nunca se van. De ese tiempo sin límites florece el silencio para siempre. Del ruido de los gestos que matan muere la vida que aún no se había ido…
José A. Fernández Díaz.