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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Amanda y la soledad inventada.

Amor roto

Amor roto

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              De camino al infierno de una noche mas en soledad, me encontré con la mirada tuya perdida en las últimas líneas de un libro algo mas viejo que mis días… a juzgar por el aspecto de nuestras tapas.

                Justo cuando abandonabas una página viajada y te ibas de camino a otra, encontraste la mirada mía que quería la tuya atrapada, supongo, en aquella historia. Y la miraste; miraste la mirada mía como si pudiera hablarte un idioma  común o, mejor, secreto.

                Sin dejarme solo,  te llevaste a los labios tu taza de café y me perdí en la soledad mas infinita, cuando los cerraste brevemente, para explicarme que aquella bebida  sabía a lo que sabe el placer… El placer sabe a palabras olvidadas.

                Me deshice en un gesto que te hice. Interpretaste los  esfuerzos de las arrugas mías y decidiste echarme una mano en forma de “ven aquí que tu puedes”…y fui allí, casi sin poder , roto de miedo y curiosidad.

                Cuando llegué a ti, esperé un rato a que llegara mi valor, antes de dejar escapar las primeras palabras que supe arrancar entres sístoles y diástoles …Perversa experiencia que apenas sirve para nada  distinto a la mas inútil de las presunciones.  Te miré y quise recordar que con un abrir y cerrar de ojos se puede escribir una historia. Los abrí todo cuanto pude solo para ti.

                 Tararee tu nombre y olvidé decir el mío… torpe de mi, querida Amanda. Pero te recuerdo, Amanda… sin calles mojadas, te recuerdo sin miedo. Tu me explicaste que llevabas horas esperando a que llegara y yo me disculpé pues nada sabia. No sabia que tenía que venir igual que no sabía que tus labios conocían los míos.

                  Me complace querida Amanda, ser capaz de inventarte, hacerte pobladora de mis sueños de soledad, dedicarme el sabor de tu mirada y el tactos de esas palabras que son mías. ¿Qué haría yo sin ti, solo conmigo y estas ganas de estar libre de calores ajenos?...

                          José A. Fernández Díaz

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