Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Todos los días, desde aquella primera vez, me afanaba en sacarle brillo a los zapatos de cenicienta. Periódicamente bajaba al supermercado, compraba dos litros del mejor limpiacristales. Ella me lo agradecía llevándome de paseo en su ciclomotor gris plomizo… un día se quitó algo mas que los zapatos para mi y entonces me percaté de que el tiempo me había hecho más viejo y miope. Cenicienta tenía toda la vida por delante y yo me había puesto en medio…
En la huida conocí a Blancanieves. La conocí en una manifestación reivindicando más seguridad en el sector minero y salarios mas dignos.
Entonces, en aquel tiempo, yo era un activista activo y desangelado y ella también, pero sus amigos, aquellos siete amigos, que luego me presentó, se dejaban la suavidad de sus manos en la mina. Vivían en un piso con el alquiler a nombre de Blanca. Nos enamoramos o eso creí entonces.
Aquellos siete luchadores se amaban antes de bajar a la mina y después, tras volver al aire puro del exterior. Se amaban carnalmente y practicaban, creo el intercambio de parejas, para que de alguna manera salieran las cuentas. No fue una conclusión mía… uno de ellos, el mas gruñón, me habló en nombre de los demás y sugirió que así todo iba a ser mas fácil. Me dolió que no pensaran en Blancanieves y que apenas se fijaran en mi como una pieza para compensar su breve desequilibrio… Confesé que por desgracia era un simple heterosexual algo enamorado.
Con Blancanieves aprendí que amar es una palabra llena de significado y algunas veces vacía de compromisos.
Cuando me iba con mi amor a otra parte , en el ascensor, bajando, conocí a Caperucita…Muy roja y con un corazón a la izquierda, tatuado al viejo estilo sobre su pecho… Me miró sin escucharme.
De los pequeños audífonos que tenía clavados en los oídos salía, sin duda alguna, la voz poderosa de quien hace de las letras de ACDC algo mas que rock. Se quedó perpleja cuando quité, con cuidado, de su oreja uno de los audífonos y le dije:
“No me dejes así… quiero escuchar contigo el solo de guitarra…”
Y no se fue. La acompañé a comprar comida para una de sus abuelitas. Caperucita había crecido pidiendo ilusiones y esperanzas. El amor con ella llegó a ser algo mas que un cuento pasajero.
Para cuando volvimos de entre las piezas rotas con las que se articula la felicidad de otros, de visitar la miseria olvidada, aislada y escondida entre escombros de mentiras contadas demasiadas veces… para cuando volvimos ya era noche y decidí quedarme para casi siempre… o para siempre, siempre que no se nos olvide por que estamos juntos; eso me decía Caperucita.
Una mañana cualquiera nos visitó el ex de Caperucita. Decidió que yo no debía estar allí y que nunca le gustó como terminaba el cuento. Siempre pensó que sobraban la abuelita , el cazador y hasta el lobo. Quería hacer de caperucita, -dijo-, una excusa para legalizar su violencia.
Se tomó aquel ex, muy en serio, su intención de reescribir la historia. Dio por hecho que mi condición de actor secundario se salvaba fácilmente con un adiós a modo de bofetada y lo hizo una vez y luego otra con el puño cerrado… Caperucita intentó evitarlo pero el ex conocía muy bien donde estaba localizado su miedo y su dolor y pronto la dejó tirada sobre el suelo frío que nunca sale en los cuentos infantiles…
El ex tenía una mano muy grande, un odio inmenso y un cuchillo sin perjuicios. Caperucita sangraba ganas de morir y yo moría de ganas por soñar con un final feliz. No acertamos; ninguno conoció el verdadero final de aquella historia reinventada. No hubo final feliz, eso es cierto… Nunca son felices los finales en el barrio donde la gente intenta confundir la puta realidad con los nombres de quienes protagonizan los mas hermosos cuentos…
Puede que apenas importe pero mi nombre era Oliver Twist.
José A. Fernández Díaz