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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Joana y Nico

Imagen encontrada en internet

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           Encontraron que el reverso de su pasión actual era, mas o menos, el anverso de lo que hubieran querido ser y se echaron a soñar…

                Nico tenía pocas virtudes. Había ocupado sus años de razón en despojarse  de aquello que los padres que le tocaron, inocularon en el tiempo de moldeado. Superado aquel período de singladuras controladas, decidió romper el timón de sus padres y demás familia  y navegar a golpe de soles y lunas , con su brújula loca en el corazón.

                Nico no quería ser otra cosa distinta  a el mismo y aquello dependía de huir con dirección a los sueños propios. Se dio de bruces con el amor en  la segunda planta del mercado de Bolhao en Oporto. Aquel maravilloso edificio, apuntalado y decadente, alojaba en su inmenso patio interior, una oferta apetecible de nostalgias   y anacronías, de necesidades verdaderas y un poco  de las creadas para atrapar incautos.

                Nico dibujaba; dibujaba un poco con los carboncillos y otro poco con el bolígrafo. Dibujaba y escribía el carácter del instante. Aquello, a pesar de la sensación de tiempo atrapado entre muros,  aquello iba muy rápido y, lo que o podía dibujar a tiempo, se convertía en el boceto para cimentar historias que contar.  

                Joana, llevaba aquella ciudad, aquel país gravado en la piel y Nico se enamoró… para eso estaba allí aquel día… claro.

                La descubrió con los ojos cerrados y tarareando apoyada en una esquina  sobre la que volaban las palomas acostumbradas a aquella pequeña ciudad sin cielo, a aquel mercado con vida propia. Nunca más dejó de mirarla… nunca más.

                Para cuando Joana miró, mientras era mirada, Nico ya le había robado el alma. Tenía una tímida versión de aquella inolvidable morena en la piel curtida de su libreta. Ella se acercó para mirar, como si hubiera habido un compromiso previo… y miró; miró de cerca los ojos del corazón que latía con el suyo.

                Encontraron que se conocían de nada pero que se sabían de todo… Puede que se estuvieran esperando o puede que se hubieran encontrado irremediablemente. Puede que apenas importen las razones… apenas importen los motivos.

                Se fueron a sobrevivir juntos. Compartieron el hambre y el frío, cuando no había otra cosa y, cuando había otra cosa decidieron que la felicidad se parecía a algunos días de lluvia. En realidad, sin que ellos pudieran saber, la ciudad de Oporto, nunca sería lo mismo si ellos no estaban; y es  que, sobre el escenario, algunas veces los papeles secundarios, hacen imprescindibles historias paralelas.

                Se les veía cantar poesía entre las matas y los vetustos árboles de los jardines del Palacio de Cristal… desde allí  el discurrir del Douro era un verso a destiempo, una larga pincelada que se parecía al cielo bajo el que discurría aquella historia… Podían, desde allí atravesar con la mirada de un lado al otro y soñar a mirarse desde Vilanova de Gaia  como si ellos fueran otros u otros fueran ellos.

                La Avenida  de Gustavo Eifel, desde el hermoso Puente de Luis I, sabía de memoria el calor de los besos que se iban dejando entre suspiros. Eran tan habituales que apenas faltaban la ciudad parecía echarlos en falta…

                Un día Joana sintió dolor, un dolor agudo en algún lugar por debajo del corazón… entonces,  Nico quiso imaginar que era indestructible,  pero presentía que algo no se parecía al borde de los sueños que compartían…

                En una de las consultas del área especializada en esa zona que está por debajo del corazón, José y Ricardo, su padre octogenario y enfermo, escuchaban perplejos, como el médico explicaba que la curación había sido casi milagrosa … Salieron felices mientras  junto a la puerta de otra de las consultas Joana, tiritando de miedo y llorando sin parar se dejaba abrazar por  Nico,  que no podía con el peso de la noticia y que rompía a llorar desconsoladamente … Se miraron él y José, se miraron y sin saber  por qué compartieron un gesto de impotencia. Así es la vida que no depende de lo que queremos.

                Una mañana plena de sol y alegría ajena, Nico, volvió a la soledad. Hizo de la memoria de Joana el refugio de sus sinrazones y las ganas de vivir. Se le vio llorar y dibujar de memoria la cara de la felicidad hecha con piezas simples… se le vio soñar que apenas la vida, qua la vida apenas.

                José A. Fernández Díaz

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