Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Cuando se encontraron el traía dos veces y media la edad con la que ella se paseaba bajo las luces y oscuridades de la realidad en que se morían los sueños … sueños cansados de esperar a ser algo mas que la anécdota de un viaje al país de las cosas inventadas.
Ella tenía todo lo que un hombre puede desear, cuando, como hombre, ha hecho de la belleza alimento para los sentidos. Además, ella, sabía mirar al horizonte como si no hubiera mundo antes o como si lo hiciera desde la mas rotunda abstracción
El sabía de memoria el horizonte y los años se lo habían llenado de soles muertos en peleas, siempre perdidas, con la noche.
El era ese horizonte donde se consumen los días y, tal vez por cobardía, prefería mirar las puestas de sol en los ojos de la otra gente.
Ella posó su mano sobre la que el había dejado sobre la superficie áspera de la piedra del mirador y, tal vez para evitar un súbito rechazo, dijo “hola”, inmediatamente… y ya no hubo mas palabras hasta el amanecer…
Allí, en el amanecer, ella posó su nombre sobre la almohada: - “soy Alba”-dijo con dulce y cálida suavidad …
El, que miraba la luz nueva reflejada en aquellos ojos en los que se estuvo buscando toda la noche, quiso contestar…
-Yo soy… soy el dueño de este sueño?
José A. Fernández Díaz