Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Aludido?, como no?, por la insensatez en forma de verborrea afilada, cornisa blanda, arma cargada. Aquel hombre solo y decidido a encontrarse, se inmutó lo justo y necesario como para atenderse las heridas en la paciencia, con el criterio que da la madurez, propia mas del saber sortear las piedras del camino que la edad como argumento.
Apenas importa ser víctima de menores pormenores parecidos mas al odio del humano común y silvestre que a temporales de emociones provocadas por la mas cruda realidad. Importa, debe importar, no ya la belleza, no ya la alegría infinita y egoísta, no ya tantas cosas inútiles como todo aquello que pone en duda… La vida es otra cosa y un hombre puede vivirla, en consecuencia, con sus propias medidas o lamiéndose las heridas fruto de sinrazones ajenas.
Lo cierto o al menos constatable es que, con algunos amaneceres, la pared que protegía la casa del otro lado de la calle, servía de pizarra maldita en donde alguien expresaba odio y rabia a golpe de frases destructivas y provocadoras. El dueño del muro, aludido, se ocupaba de borrar con pintura, a brochazos, aquel despropósito. La borraba sintiéndose injustamente agredido, sin saber que el vecino de enfrente, interpretaba aquellos mensajes como agresiones dirigidas a el y no al otro, pues hallaba en las frases algunas alusiones personales que no dejaban lugar a las dudas.
Un día, mientras el vecino propietario del muro, pintaba la pared para borrar la última frase, marcadamente desproporcionada, se le acercó el propietario de enfrente. Se conocían bien. Sabían el uno del otro porque ambos habían hecho de su vida una exaltación de lo simple y humano. No eran, de ninguna manera, malas personas. Hablaron, como no?, de aquello, de aquellas frases que seguramente hacían feliz, estúpidamente feliz, a quien las pintaba con deseos de hacer daño. Hablaron durante un buen rato y tuvieron, al fin, una idea. Inmediatamente redactaron en papel, escrito a mano, una propuesta que dirigieron al Ayuntamiento. Algunos días después tuvieron respuesta:
“A su solicitud de crear, en la superficie del muro de su propiedad y de la referencia especificada, un espacio de expresión pública, esta corporación ha acordado, facilitar al solicitante los materiales y la autorización oportuna para que lleve a cabo su idea que agradecemos de antemano.”
El Ayuntamiento instaló, al fin, a lo largo del muro, un panel donde había sitio para escribir y pegar ideas y propuestas, convocatorias, quejas y hasta insultos que otros borraban con sus razones propias y diversas… Ni el dueño del muro ni su vecino quisieron que aquella idea tuviera ningún gesto de agradecimiento por parte del Ayuntamiento… Aquello había nacido, que curioso, de la voluntad de agredir y herir que formaban parte de la vida de un vecino anónimo. Aquel agresor anónimo no volvió a escribir nunca mas. No lo hizo nunca sobre aquella superficie destinada a alojar todo tipo de aportaciones. Tal vez no lo hizo porque allí, sobre aquella superficie, dominaba la razón, la sensatez y el sentido común, el respeto, con algunas muy pocas excepciones y sus intenciones inútiles y vacías o alusiones hirientes y falaces estaban destinadas a resbalar como la mierda fresca sobre un cristal.
José Angel Fernández Díaz.