Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Volver… volver siempre y siempre sin haberme ido. Recuperar el estar, a costa de todo y a pesar de pensares y olvidos.
Es curiosa la compleja sinceridad con la que entretengo mis silencios y aún mis estrepitosas puestas en escena. Como buen soñador despierto que soy, no alcanzo a ser más que mi propia caricatura con blancos y negros para dar y tomar. Ya me lo decía la última mujer que quería querer, no sin antes criticar mí formula esencial del café para perderse en los sentidos… “tu no estás bien – me dijo-, esto no es café y eso que escribes se parece mucho a todo lo que no me gusta leer”… y dijo también: “no entiendo por que estas empeñado en mirar con los ojos cerrados. Bueno esos es lo que dices que haces y no lo entiendo”… “no estás bien, nadie escribe y utiliza con tanta frecuencia los puntos suspensivos”…
Escuchaba a aquella mujer, justo en aquel momento, con todos los sentidos menos el de la vista y alcancé a concluir que acertaba cuando comenzó por decir: “no entiendo”… Yo tampoco.
Yo, que intento no hacerlo, jamás presumo de mi capacidad para no entender; y con lo que me gusta no entender podría ser infinitamente feliz.
No entendiendo casi nada he llegado a preguntarme casi todo, siempre en un acto de absoluta sinceridad y valentía…inútiles, por cierto... inútiles del todo.
Mi ignorancia la explican los puntos suspensivos. Pienso, me detengo para pensar, pues necesito tiempo y no quiero engañar a nadie dando a entender que tengo la capacidad de escribirlo todo de corrido.
No estoy bien. Nunca he estado menos bien que ahora. Vuelvo sobre viejas locuras para no avanzar en nuevos y peligrosos delirios. Vuelvo siempre, como ya he dicho, y vuelvo sin haberme ido porque irremediablemente me dejo olvidada mi fórmula esencial del café para perderse en los sentidos…
Al final esa última mujer que quise querer resulto estar enamorada, perdidamente enamorada, de mi yo silencioso, suspensivo y meditabundo. Me dejó una tarde de domingo mientras marcaba una y otra vez un trío de puntos para entretenerme pensando… apenas fui capaz de escuchar el portazo entretenido con el ruido de mi ignorancia…
José A. Fernández Díaz