Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Todos los días desde aquella primera vez me aplicaba en sacar brillo a los zapatos de cenicienta. Periódicamente bajaba al supermercado y comparaba dos litros del mejor limpiacristales… Ella me lo agradecía llevándome de paseo en su carroza, siempre después de ingerir aquel maravilloso bebedizo. Un día se quitó para mí algo más que los zapatos y entonces me percaté de que el tiempo me había hecho más viejo y mas miope… ella también.
No sé si antes o después conocí a Blanca nieves en una manifestación, al lado de unos compañeros anti sistema y un policía más colega que infiltrado. Nos manifestábamos por la inseguridad y la precariedad en las minas y salarios más dignos… Entonces yo era un activista activo, desempleado y desangelado y ella también; pero sus amigos, aquellos siete amigos, que luego me presentó, se dejaban la suavidad de las manos en la mina. Vivian en un piso patera con el alquiler a nombre de Blanca nieves. Nos amábamos o eso creí entonces… Con Blanca nieves aprendí que amar es una palabra llena de significados y algunas veces vacía de compromisos. Había perdido la costumbre sesentera del amor libre, comunitario y pacífico.
Cuando me iba con mi amor a otra parte, en el ascensor, que descendía, conocí a Caperucita… muy roja y con el corazón a la izquierda, tatuado al viejo estilo. Me miró sin escucharme. De los pequeños audífonos que llevaba incrustados en las orejas salía la furia de AC/DC y su fabuloso Thunderstuk… Se quedó perpleja cuando le quité un auricular y le rogué me dejara escuchar el solo de guitarra. Mientras escuchábamos el solo de guitarra ella se ocupaba de pulsar la botonera para que el ascensor no se detuviera en ningún lugar. Salimos juntos alucinados y súbitamente enamorados.
La acompañé a comprar comida para uno de sus abuelitos. Caperucita había crecido perdiendo ilusiones y esperanzas. El amor con caperucita llegó a ser algo más que una palabra simple y definible. Aquella locura en rojo tenía gravada a fuego la versión más furiosa de la pasión. Nos hicimos enemigos, fui su lobo y su abuelito y algunas veces coartada para pasar lo que llevaba en su bolso de camino a casa de otros abuelitos.
Una tarde, en el ascensor, me encontré con Blanca nieves. Me contó que se encontraba sola y que necesitaba tomarse una cerveza con alguien singular, en singular. Comenzaba a deplorar el amor en comuna. Los chicos eran cada vez más egoístas y disfrutaban entre ellos hasta robarle protagonismo. Nos tomamos un par de cervezas y algo de tiempo. Caperucita me recibió con los brazos abiertos de par en par, las manos marcando por encima de los otros dedos el anular y el corazón cerrado para siempre… Y me dieron, las doce o la una… no sé. Fueron días buscándome entre los restos de mis miserias hasta que, sobre un banco cerca de la playa me encontré con una hermosa mujer dormida rodeada por un puñado de latas…
La bella dormida, hablaba entre sueños y cantaba algo parecido a las cantatas de Bach pero en estilo libre. Es cierto que me dejé llevar por mi pasión por los cuentos y me acerqué a sus labios con el objeto de despertarla de su largo sueño… Despertó y desperté. Nos dimos un adiós cargado de reproches. Ni yo era su príncipe azul ni ella era la bella durmiente Me fijé que había una manzana con una jeringuilla ahogada en su carne…
Torpe llevé mis pasos hasta la arena y a partir de allí, más torpe aún, solo pensaba en el poder del mar y en las ganas que tenía de dejar de ser un juguete de la realidad. Mi cuento tenía que tener un final. Siempre me gustaron las sirenas y aquella noche de luna llena era buena para que me mirara a los ojos una cualquiera de pelo rojo y sexo ausente…
Si pudiera recordar y contar lo que paso después diría que sentí como me cantaban desde las olas y yo, sin mi saber nadar a flor de piel, me dejé llevar hasta olvidar que respirar es necesario para vivir en cautividad… por fin, sirenita, por fin libre, para siempre.
José A. Fernández Díaz