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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Yo mismo o mi otro yo

                yo.jpgAlguna vez tenía que suceder, tarde o temprano iba a ser y fue…

                Paseaba mis sueños,  por una calle alejada del perímetro de seguridad de la esquina verde; sin hacer otra cosa que respirar, mirar y recordar de vez en cuando la voz de mis dolencias;  cuando, de súbito, entre las muchas imágenes atrapadas al vuelo, me encuentro con una que confunde  los sentidos que he puesto a disposición de la breve aventura emprendida…

                En la terraza de una cafetería, bajo una efímera sombra, un hombre, maduro, solo, de pelo escaso y mas blanco y gris que otra cosa, gafas colgando a media nariz, por debajo de la mirada azul, generosos mofletes y abundantes razones para pensar que, de los muchos vicios que puede tener, la comida no forma parte de los inconfesables… un libro de José Saramago,  “Claraboya”, sobre la mesa, junto a un café con leche… un colgante atado a una gastada cuerdecilla negra, sobre su pecho, conquistado por las canas, que asomaban en el centro de la camisa…

                Miré a aquel hombre con la curiosa e inquietante convicción de saber que no era éste el primer encuentro. Nos conocíamos; sabía que eso era cierto, pero, por más que lo intentaba, era incapaz de situarlo en algún momento de mi vida o entre mis amigos o conocidos… entonces ¿Quién era?...

                Justo cuando retiraba la mirada, encuentro que él abandona la lectura y se percata de mi presencia…. Me mira insistentemente, tanto como yo lo hubiera hecho poco antes, y muestra una evidente perplejidad en sus gestos, que, por otro lado, sin saber por que, conozco bien…

                Nos miramos con una intensidad sospechosa una docena de veces, hasta que un grupo de paseantes se interpone y desdibuja el momento… Aprovecho para seguir mi camino, confundido y asustado. De lejos, lanzo una última mirada que se encuentra con la de el…

                Pasó el tiempo y no pude arrancar de mi pensamiento lo sucedido. Encontré un edificio que llamó mi atención y decidí ceder a uno de mis vicios… Extraje  la cámara de mi mochila y tras colocarme adecuadamente, disparé sin percatarme del efecto espejo que creaba una de las puertas. Cuando miré la foto en la pantalla de la cámara me encontré con mi imagen sobre el cristal  y la respuesta a la  pregunta de quién podía ser aquel individuo de la terraza.

                José Ángel Fernández Díaz  

                  

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