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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Una mañana, uno de nosotros y luego otro de nosotros…

          miseria.jpg

           No supo explicarlo, quizá no quiso hacerlo… ni tan siquiera intentarlo…

           Una mañana cualquiera dejó la cama donde,  entre mantas, huía, durante algunas horas, de la puta realidad, y se perdió para siempre en el infierno de un tiempo sin futuro ni esperanza, de calles aprendidas de memoria a golpe de pasos inciertos, sin destino ni razón… de miradas jóvenes y también gastadas,  dispuestas a ofrecer o dibujar,  tal vez ,  un gesto cualquiera entre la pena y la indiferencia o cualquier otra cosa de nueva manufactura, inútil como la lluvia en el mar…

           Aprendió a vivir entre sombras y luces eternas, entre paredes ajenas con puertas abiertas al miedo y ventanas con vistas a la pesadilla que no cesa… a posar su cuerpo sobre cartones que antes envolvieron la suerte de otros o periódicos,  donde la realidad viajaba en un blanco y negro que el no era capaz de entender y  que nada tenía que ver con aquel donde las entrañas de la vida suya habían quedado atrapadas…

           Una mañana se levantó para despertar a la inexplicable sensación de perderlo todo y de perderse con lo perdido,  entre los límites de farsas y mentiras,  a la medida de una realidad  hecha para unos pocos. No hubo tiempo para preguntar por qué, tampoco espacio para soportar reproches…La vida,  antes suya, se había ido a otra parte, mientras el soñaba con seguir soñando. Se había quedado con lo puesto y unas pocas lágrimas para lavar las primeras penas… también con  su fiel compañero y aquella presencia sólida como la piel de las rocas…

           La miseria tiene el color de la mirada de quien la mira de frente, también el de quien no es capaz de mirarla porque lo ciega el miedo o la culpa…

           José A. Fernández Díaz.

 

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