Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Banda Sonora: Storm (Vanessa Mae)
En la esquina verde los cielos grises, la lluvia incansable y tímida o las furiosas tormentas, no son nada extraño, pero ella corría, confundida, intentando huir de los nubarrones que poco a poco ocupaban la masa infinita, gris, limpia que se posaba sobre la playa inerte y desocupada y el mar inquieto … Corría y entre sus brazos llevaba un curioso artilugio de madera y cristal. Apenas fui capaz de percibir como la arena que contenía la burbuja de cristal superior, poco a poco se iba depositando en la burbuja inferior, tras pasar por estrecho cuello que las unía…
Mientras ella, temerosa, intentaba alejarse inútilmente de la tormenta, dibujando sobre la arena el origen y el destino de su carrera, la luz, decadente, jugaba con los colores. Entonces el mar era ya una masa oscura salpicada, justo al final, por el blanco vivo de la espuma y los verdes fueron otros súbitamente y súbitamente el viento fresco, cargado de aromas y ruidos llenó el espacio comprimido… y ella huía, torpemente, sobre la arena, abrazada a aquel objeto que reflejaba la evolución de lo que acontecía en cada una de las esquinas donde estaba atrapado aquel instante.
Quise explicar, decir, pero ella no supo encontrarme entre los límites de su confusión. Desistí, la dejé seguir, intuyendo que tampoco ella sabía muy bien cual era su horizonte… era libre … o no; poco me importaba pues yo no quería ser su carcelero.
Una gaviota luchaba contra la fuerza del viento y con temerarias piruetas se escapaba de aquella fuerza invisible para luego volver a caer. Cuando volví a ella y su huida encontré que había caído; derrotada reposaba sobre la blanda superficie y miraba, con desolación, como a su lado aquel objeto de cristal, ahora roto, derramaba la arena de su interior sobre la de la playa hasta confundirse para siempre…
José Angel Fernández Díaz