Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
La primera vez miraba, aislada del mundo, los peces, en la tienda de animales… Y la segunda vez también, igual que las demás… Pero aquella primera tarde me encontré con su hermoso perfil, cuando, con mi torpeza habitual, intentaba encontrar comida para tortugas golosas. Ella miraba con una atención tal vez exagerada, al lugar donde los peces nadaban, inocentes, sin saber cual iba a ser su destino, mas allá de las cuatro paredes de cristal, donde se contenía aquel ir y venir monótono.
Ella era hermosa, pelo negro corto, figura frágil, mirada infantil, aspecto despistado… inmediatamente recordé a Amelie, la protagonista de una inolvidable película francesa con el mismo nombre… se me antojó que se trataba de una Amelie que paseaba sus mágicas extravagancias por las calles donde yo arrastraba mis locuras. Estuve tentado a iniciar una conversación, pero me preocupaba incomodar la paz con la que parecía estar sumergida entre los peces, los pequeños habitantes de las peceras. Sin embargo no dejaba de mirarla, Imposible no hacerlo. Inexplicable en estos tiempos de seducción a través de la mirada, de abundancia de formas, exceso de piel a la vista, colorines… no sé… ella era la antítesis de la contemporaneidad y me atraía con locura…
Una tarde de otoño, aburrido, terriblemente aburrido y solo decidí visitar el acuario municipal. Paseaba entre inmensas peceras donde especies, que nunca antes había visto, se entretenían creo que a duras penas en un entorno que pretendía ser el fondo del mar… pero definitivamente no lo era. Me habían hablado de una sala, situada en el último piso, bajo el nivel del mar y que era un acuario dentro de otro acuario. Alli, en aquella sala había un gran tiburón blanco que nadaba pacíficamente alrededor de el acuario desde el que yo miraba. Una maravillosa música de fondo y luz tenue acompañaban el espectáculo. De súbito se reflejó en el cristal donde yo miraba una imagen deseada, era ella, que seguramente estaba por detrás de mi. Una curiosa composición llamó mi atención; era ella hasta la cintura y de allí en adelante el reflejo de la gran pecera, la dotaba de cola. Decidí volverme para hablarle, para contarle lo curioso de la imagen creada por el efecto espejo… Encontré, para mi desconcierto, que estaba completamente solo; sin embargo, lo que se me antojó ser un gran pez huía estrepitosamente tras el cristal del otro lado de la inmensa pecera.
Aquella noche, de vuelta a casa, bajo la luna llena, decidí visitar mi playa. Una maravillosa luz plateada usurpaba el dominio imbatible del sol, pero con un refinado gusto por la intimidad. La luz de la luna se alargaba sobre las aguas mansas. Me senté sobre la roca donde había ido aprendiendo a mirar la vida a medida que me iba haciendo mayor y, aun no se bien por qué, se me antojó cantar, aprovechando el ir y venir rítmico de las olas… “me pongo a pintarte y no lo consigo, con mucha paciencia porque siempre mi lienzo está en blanco… las horas se pasan volando… es poco el trabajo adelantado para tu retrato... solo pienso en ti, solo pienso en ti…”
Creí soñar o soñé cuando, en medio de la luz de luna que se posaba sobre el agua, apareció ella, que nadaba en medio de la noche clara. Miré a la arena próxima y me percaté de que no había ropa ni toalla en ningún lugar… escuché un ruidoso chapoteo y la perdí de vista…tal vez para siempre.
José A. Fernández Díaz