Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
Un día me descubrí intentando dibujar a golpe de palabras, con trazos ciertamente torpes, pero deliberadamente cargados de color, la forma en que mi corazón joven y furiosamente inquieto, se revolvía en el interior del pecho, cada vez que me encontraba no ya con la imagen de aquella primera mujer, sino tan solo con algún ruidoso gesto de la memoria traviesa que me poseía. El fruto de mi desvergonzada intención ocupó página y media de un cuaderno que había reservado no sé bien por que… tal vez porque tenía una portada curiosa que no quería dedicar a ninguna de mis asignaturas: una paloma blanca, manchada de sangre, posada sobre una granada de mano y un fondo indefinido…
Mis guerras particulares fueron consumiendo las páginas de aquel cuaderno hasta que se me antojó no arrancar ni una más… Escribía allí para luego transcribir con letra algo más cuidada, pero con poco éxito, y con la intención de regalar a quien amaba en silencio o ruidosamente.
Soñaba a viva voz sobre el papel…me desquitaba, explicaba el por qué de lágrimas o sonrisas, la causa de ausencias o incómodas presencias y poco a poco me creía que además de la palabra viva y ruidosa podía utilizar aquella otra dotada de la fortuna de un tiempo para la reflexión o un giro de opinión… Con los años descubrí que soy el juguete de un poderoso vicio que no puedo controlar; vacio botellas de licor para llenarlas con mis sueños dibujados sobre trozos de papel virgen y abandonarlas al criterio de las olas en la playa donde se esconden mis tesoros y secretos más íntimos… Espero respuestas… me ahogo con los silencios que atenúo entre líneas, mientras vacio botellas e invento historias imposibles. Soy mi prisionero, una paloma herida, manchada con sangre de otras batallas, posada sobre el metal frío de una granada cargada…
José A. Fernández Díaz