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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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¿Quién es mas pobre?

              

        vagabundo.jpg       “Que tenga usted suerte y un buen día señor”, -escuché decir , mientras, con prisa recorría, casi sin mirar a los lados, una cualquiera de las calles del lugar donde discurren las horas dedicadas  a  las ausencias,  y a rebuscar entre ruinas frescas,  materiales para construir algo parecido a la felicidad.  Miré, perturbado y perplejo, a mi derecha; allí un chaval, sentado en un escalón a ras de la acera, me miraba con cierta indefinible profundidad… saludé con la mano, intentando agradecer semejante deseo… Me alejé con la frase dándome vueltas en la memoria y golpeando furiosamente las ideas que siempre me han movido…

                Conozco de vista o de tanto verlos,  a cada uno de aquellos que por una razón u otra ocupan un lugar estratégico, supongo, en alguna de las calles de mi ciudad, y desde allí ponen en evidencia no solo su miseria sino además la de la sociedad en que vivimos. Es cierto que cada día son más y lo curioso es que su aspecto físico ha mejorado. El deterioro económico  es tan violento que apenas existe un margen de tiempo para mutar las apariencias: piden con ropa con la que anteayer iban a la oficina…

                Este habitante de la calle, sin embargo, era nuevo, desconocido, diferente…

                Seguí calle arriba con el peso de aquel deseo convirtiéndose en culpa. El sol de la primavera avanzaba sobre los vetustos tejados y poco a poco borraba sombras,  para llenar de luz y calor viejos adoquines cargados de historia, por donde la vida fluía  con ruidosas imperfecciones en clave de esperanza.  Fui dejando atrás bares de donde salía el rumor de la vida acomodada y venturosa, tiendas donde uno podía entrar para colmar cualquier necesidad, alguna clínica donde atajar dolores y dudas, academias, aseguradoras, bancos, bancos y bancos…  Entré en uno y encontré que la felicidad no estaba allí… no había caras sonrientes. Me ocupé de apurar mis gestiones y volví a la calle en dirección opuesta a la que me había llevado…

                Volví sobre mis pasos o casi. Creo que me fui desdibujando y al salir de aquella entidad bancaria, era algo menos ausente de la cotidianeidad grave y cadenciosa, que circulaba en paralelo con la farsa oficialista… Deseaba que aquel chaval aún estuviera allí; quería, tenía que saber si mi egoísmo había perturbado su mirada sincera…

                Pronto me percaté de que aún seguía allí… a su lado, ahora, esta vez,  una niña y un libro de Khalil Gibran (observé), y detallé en  un viejo vaso de cocacola sujeto,  con algo de torpe e inexplicable magia,  en una especie de trípode ausente de carteles o notas… Notas para qué si tenía su palabra, aquellos deseos que aún reverberaban en mi memoria…

                Lo miré de lejos, intuí que me recordaba…me miró y sonrió. Busqué en mi bolsillo hasta encontrar algunas monedas… pregunté dónde y sin esperar respuesta las deposité en el vaso … me miró con tanta alegría que apenas fui capaz de entender.

                Me escuché  decir “gracias”, mientras el abrazaba a la niña que tenía a su lado y una brisa fresca dibujaba una sonrisa en mi cara y me hacía recordar y entender para siempre una frase de Khalil Gibran; “Das poco cuando das tus posesiones. Es cuando das de ti mismo cuando realmente das”

                José A. Fernández Díaz

 

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R
La injusticia viaja con nosotros.<br /> Bonito y conmovedor relato.
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