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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Pesadillas que matan...muertes que abren los ojos.

             manifa.jpg Algunos volvimos, no todos… dos compañeros fueron alcanzados por la última palabra de quien tiene más fuerza bruta y se dejaron la vida sobre el asfalto sucio del mediodía, con tres o cuatro sinrazones de plomo alojadas en la piel revolucionaria…

                Los ciudadanos observaban aterrorizados, tras los frágiles cristales de sus casas, como una pacífica manifestación  se convirtió en una guerra  con un solo bando armado y dispuesto a matar… el otro esgrimía la palabra, apuntaba con el verbo y la razón: “tengo un alma y está cargada”- decían-, justo antes de que aquellos miserables volvieran a disparar… Esta vez  algunos no lo hicieron al aire. Pronto las bajas provocaron gritos, miedo, rabia…horror. Habían vencido… sus razones mataban, solo eso, mataban…

                Volvimos derrotados por el dolor y las ausencias, por la impotencia;  pero construyendo con la rabia nuevas estrategias para el día de mañana…

                Yo deseaba ver a Patricia, la amaba, tanto como ella a mi. Ella me había despedido con miedo. Me confesó que siempre que algo malo iba a suceder soñaba… soñaba dolorosamente toda la noche… una pesadilla sin límites la envolvía. Y esta noche pasada despertó bañada en sudor y rota por la ansiedad… abrió la ventana y dejó que la mañana inundara su habitación. El ser al que amo va a morir – me confesó-…. No voy a morir- le dije-, verás como en unas pocas horas estoy de vuelta.

                Nos pidió, nos rogó a Fernando  y a mi que no fuéramos a la manifestación. Tenía miedo que esta vez su pesadilla  volvieran a ser  verdad… No quiso ver como nos alejábamos… no quería despedirse… no sabía como hacerlo.

                Fernando no volvió conmigo. Su cuerpo y sus ideas,  la fuerza de sus razones  y la juventud que lo sostenía  se quedaron rotos para siempre sobre la calle que,  súbitamente se convirtió en ardiente campo de batalla.

                Cuando Patricia me vio llegar,  la luz de la tarde había entristecido;  inmediatamente preguntó por  Fernando…

                Mi respuesta confirmó que  una vez más  sus  pesadillas se habían hecho realidad…

José A. Fernández Díaz.

                 

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