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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Nubes Pasajeras

                chica-bici.jpgUna hermosa y placentera mañana a rebosar de sol, muy a pesar del otoño ciertamente avanzado,  nos encontramos para volver sobre el camino abierto ayer y anteayer sobre las ruedas de nuestras bicicletas. Me contaron que poco a poco resulta más fácil y así es.

                Al principio no me sorprendió en absoluto encontrar que a lo lejos alguien más circulaba sobre su bicicleta, era habitual encontrar otros ciclistas por el camino. En la distancia me percaté de que no llevaba casco y sus zapatillas brillaban de una manera especialmente ruidosa. Nuestras velocidades eran distintas así que a medida que nos íbamos aproximando la imagen se hacía más sustancial y definida. Pronto me percaté de que, como si se tratara de un sueño, delante de  nuestras miradas incrédulas, de nuestra respiración agitada;  pedaleaba  con gracia y ritmo exquisito,  una mujer vestida con un escueto bikini rosa, una pulsera a juego, grandes aros dorados en las orejas, melena rubia y rizada al viento y unos inexplicables zapatos plateados de vertiginoso tacón. Nos miramos tras parpadear  perplejos…

                Acoplamos nuestra velocidad a la de semejante aparición. Ella pedaleaba sin dificultad alguna con aquel calzado tan impropio  e inadecuado, sin que pareciera percatarse de nuestra presencia. El sudor perlaba su espalda conquistada por el sol. Nos costaba reconocer que apenas éramos capaces de coordinar la mirada al frente con los movimientos precisos necesarios para pedalear… dejamos de hablar y no ya para evitar que ella terminara asustándose sino mas bien porque no encontrábamos palabras o ideas para encadenar frases… todo se nos iba en pedalear y mirar al frente…

                De súbito la oscuridad, desconcierto, algo de dolor y desolación… también desilusión…

                Cuando desperté Guille me golpeaba en la cara con un calcetín húmedo. Yo estaba tirado sobre un campo tapizado de hojas secas, el sol reverberaba entre los árboles y ni rastro de aquella mujer.

                -Estas bien? – preguntaba mi amigo…

                -Que pasó?...

                -Perdiste el sentido y llevas un buen rato  hablando con los ojos cerrados. Estaba preocupado.

                No pregunté nada más a mi amigo. Decidí no comentar lo sucedido.

                Guardé para mí el último gesto de aquella aparición. Aún me rebotaba en la memoria su imagen,  detenida sobre la bicicleta, indicándonos por donde se iba a su planeta, justo allí tras aquella nube pasajera, que nos señalaba con una de sus glamurosas uñas barnizadas en rosa chicle.

                José A. Fernández Díaz.

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J
Es cierto o posible.... ahora empizo a recordar...
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G
Cólico (jodido ordenador)
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G
Es cierto que te golpee con algo húmedo pero no era un calcetín; ya veo que seguías algo inconsciente por culpa de tu cíclico nefrítico.
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