Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.
En mi camino diario al trabajo me encuentro casi siempre con las mismas personas. La costumbre ha fabricado una curiosa relación que nos ha llevado a saludarnos como si en algún momento hubiéramos hablado. No somos amigos, tampoco enemigos … conocemos tan solo una muy breve circunstancia de nuestro diario tránsito por la realidad.
Poco a poco el camino se ha ido llenando de pobladores estáticos. Estos llegan y ocupan un lugar de la calle. Allí despliegan su vergüenza o sus habilidades, su tristeza o su desventura, también, en algún caso, el descaro y el despropósito. La calle se ha ido poblando de mendigos, enajenados con sus peculiaridades, músicos admirables, músicos imposibles y ruidosos, vendedoras de pañuelos, aparcacoches, malabaristas punkis, neohipies, vendedoras de estampitas…. Todos dibujan con colores diversos la realidad que nos toca vivir. Observo en sus caras la derrota, el dolor, la vergüenza de la primera vez, la picaresca, también el optimismo, cierta alegría inexplicable, el valor ante la dificultad… curioso catálogo de desventuras.
Todos tienen un breve discurso, una forma o manera de pedir… algunos quejumbrosos, otros con un cartel explicativo, con la música de una guitarra, una flauta, un acordeón un violín terriblemente desafinado… una gaita… Ella pedía con la mirada…
Cuando la encontré por primera vez detallé en su juventud, en la bolsita llena de pañuelos de papel y en su evidente embarazo… también en que de su boca no salían palabras. Miraba a los ojos de los caminantes con tristeza, con una melancolía cierta e hiriente, pero sin palabras. La miré muchas veces y muchas veces concluí que una vergüenza inmensa acompañaba su desgracia… silenciosa. No explicaba, no rogaba, no pedía… estaba simplemente y miraba otras miradas huidizas…
Se me antojó derrotada, infinitamente joven y derrotada. Parecía que la vida le hubiera arrancado la sonrisa y las ganas. Le supuse dieciséis o diecisiete años, quizá, tal vez, algo menos. A su lado pasaban chiquillas de la misma edad sonrientes y dicharacheras de camino a clase y si la miraban era para luego cuchichear entre ellas y en algún caso romper a reír con esa estupidez que a todos o casi todos nos tocó de cerca o de lleno. El contraste multiplicaba su gesto cansado y ahondaba en su herida.
Parece que su futura maternidad lejos de imprimir fuerza a su espíritu suponía un lastre… demasiado joven para ser madre y la vida que no era generosa… mala combinación para los tiempos que corren.
Pasé junto a ella y me miró tímidamente. No supe reaccionar y continué andando. Cuando me había alejado unos metros detuve mis pasos y busqué en mi bolsillo; desande el camino que me alejara de ella y me acerqué, la miré a los ojos y deje caer en su mano algunas monedas… me miró y entonces conocí su voz.
Pero, ¿Quién te ha robado la alegría de ser joven?...¿Quien te ha quitado la fuerza y la palabra?...
Mi padre, alguno de mis hermanos… no lo sé.
José Angel Fernández Díaz