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Allí donde los verdes son variados e intensos, los mares furiosos algunas veces y otras tan pacíficos que son como el cielo azul, allí donde la tierra tiene antojos, perversamente montañosa algunas veces, suave y generosa otras, escarpada y escabrosa cuando quiere, fértil siempre; donde el sol se esconde enamorando la mirada o encogiendo el corazón. Aquí estoy gustosamente atrapado y describo el reflejo de mis profundas intenciones... Desde Galicia, mi esquina verde.

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Luna Hiena

              luna-hiena.jpg  Cuando nos encontramos por primera vez aquella sonrisa suya era generosa y sincera. Tal vez la vida ofrecía buenas razones para que los ojos se le llenaran de luz y el verbo estuviera cargado de grata  esperanza. Tenía trabajo, dos hijos y una triste historia que prefería ocultar. Conocí poco a poco, supongo que retoques, algunos episodios ingratos.

                Era hermosa y simpática. Nos hicimos amigos una mañana de primavera. No sé por que sentí que intentaba acercarse a mí buscando algo más que amistad. No tardé en percatarme de que aquella percepción mía estaba cargada de buenas razones. Yo estaba enamorado de otra mujer, tanto que apenas era capaz de imaginar que mas allá de mis fronteras pudiera existir otra persona capaz de llenar las ilusiones sobre las que se había ido construyendo mi sentimiento. Ella insistía, ofrecía encantos y virtudes a cambio de nada… Un día fueron sus labios que terminaron por morder los míos incapaces de huir, atenazados por las ganas de quedarse… Me gustó aquel primer beso, tanto que,  dio vida a algunos sueños y también alguna pesadilla. La reflexión, mi reflexión casi al límite, me ayudo a superar la pasión que crecía con fuerza…

                Luna, no puede ser… yo soy distinto a ti y estoy enamorado… mi vida está en otra parte. Me siento halagado, no te merezco… Seguiré siendo tu amigo…

                Entonces la perdí de vista. Llegaban a mí, noticias de su vida, desdibujadas por vulgares interpretaciones y maliciosas perspectivas… Es cierto que buena parte de lo que me contaban se parecía demasiado a ella, y dudé si creer o no algunas versiones…

                Pasó el tiempo, tanto o tan poco que apenas importa. Me casé y había amoldado el desorden de aquello que me definía a una vida  placentera y agradable…

                Una mañana de otoño, cuando el sol aún era de verano, me encontré con Luna al otro lado de la calle esperando para pasar al lugar donde yo hacía lo mismo… sin saber reaccionar de otra manera, la esperé. Me miró a los ojos de lejos… nos miramos y aquello facilitó el encuentro. Hablamos,  sentados en uno  de los cinco escalones que daban acceso a  la biblioteca de la ciudad. Se me antojó quizá más hermosa que la primera vez. Le conté, me contó… nos contamos, retazos del  tiempo transcurrido. Había perdido la custodia de sus dos hijos, y si bien me contó una extraña historia,  con la que pretendía dibujar una tremenda injusticia, apenas fui capaz de concluir que aquello estaba plagado de mentiras insostenibles… Me contó cuanto me había extrañado y también cuanto  deseaba que probáramos una cosa que ella llamaba amor… amor sin compromiso. Ahora trabajaba en otra empresa y ganaba buen dinero. Odiaba que hablara de mi pareja. Escribió su teléfono en la palma de mi mano justo antes de posar un beso con infinita delicadeza  sobre mis labios avergonzados… Al despedirnos, me advirtió que si no llamaba yo, iba a llamar ella…

                No tardó en llamar. Yo no lo hice. Guardé el teléfono,  pero no llamé. “Soy Luna, quiero verte”… Nos vimos y tras un largo café me llevé a casa extrañas sensaciones y una colección inmensa de mentiras evidentes… y  un pequeño préstamo que no me atreví  a negarle…

                Pasó el tiempo, poco tiempo, uno o dos meses… Nos encontramos en la puerta de una cafetería, una noche lluviosa… Luna, ella, tenía mal aspecto… estaba mojada y temblorosa. La invité a tomar algo caliente… Dibujó un inmenso mapa de desventuras que me costó situar en un plazo de dos meses. Llegó a llorar. Había perdido su trabajo y con toda probabilidad iba a perder el alquiler de su piso… temblaba. Me pidió dinero, otra vez, una vez más, tal como iba a suceder un buen puñado de veces. Aquella noche, me percaté de que no sabía cual era su profesión… Cualquier cosa- me dijo-, cualquier cosa me vale, estoy desesperada. Al día siguiente concerté una entrevista de trabajo a la que no asistió. Hablamos y la excusa colmó mis ánimos… No fue la única. Mi estupidez llegó a que concertara mas de cinco entrevistas…

                Había perdido la alegría y poco a poco la belleza. Resultaba atractiva, aun sucedía, pero algo no iba bien.

                Una tarde terminó por insultarme… me sentí culpable. La seguí con cuidado por entre las calles lluviosas… Yo no podía hacer mas por ella. Llevaba una buena cantidad de dinero mi en su bolsillo.

                Entró en un local muy próximo al lugar que siempre asocié con su domicilio… No pude esperar mas… no la vi salir. Volví al día siguiente y me la encontré ofreciendo eso que ella llamaba amor. Terminó por percatarse de que yo estaba allí, aquel día y otro día mas. Cansada de verme por allí, me enseñó una sonrisa furiosamente envenenada y se despidió de mi para siempre tal vez: “vete a la mierda gilipollas”…

                Entonces supe que ahora su felicidad, la misma que poco a poco le había ido robando la belleza, entraba por sus venas unos días y otros por la nariz… también que Luna era su  nombre de guerra… Luna Hiena.

                José A. Fernández Díaz.    

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